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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 680

—Jajaja, aunque no son regalos caros, creo que a Dorita le van a gustar —dijo Félix con confianza—. Al final del día, Dorita siempre valora el cariño en cada detalle.

Sandra estuvo de acuerdo.

—Sí, con todo ese talento y siendo tan lista, sigue teniendo un corazón noble. Dorita es la niña más extraordinaria que he conocido.

...

Por la noche, en un establo de un pueblo remoto, Fátima estaba envuelta en una cobija vieja y apestosa, temblando mientras miraba el cielo.

Casi había olvidado qué día era; cada minuto se sentía como un año.

De repente, escuchó pasos.

Fátima bajó la vista de inmediato y se hizo bolita en una esquina.

—Ya le dimos su lección, en dos días la soltamos... Sí, entendido. No sabes, parece perro callejero ahorita.

El hombre que la había secuestrado entró hablando por teléfono y le dio dos patadas al cuerpo encogido de Fátima.

—¡Órale, señora! Le tengo buenas noticias.

Fátima no emitió sonido.

—Tss, ¿ya te moriste o qué?

El hombre colgó, se agachó y la agarró del cabello con fuerza. Fátima soltó un gemido de dolor.

—¡Ah, sigues viva! ¡No te hagas la muerta conmigo! —El hombre levantó la cara de Fátima para que lo mirara—. Te digo que en dos días te suelto. ¿Qué tal? ¿Estás contenta?

Fátima no dijo nada, su rostro no mostraba emoción alguna.

—¿No hablas? Qué aburrida.

El hombre le soltó el cabello y se fue, decepcionado.

Cuando Fátima estuvo segura de que el hombre se había alejado lo suficiente y no volvería, se incorporó con dolor. Se movió con cuidado y trató de arreglarse el cabello para no verse tan miserable.

De pronto, notó que el poste de madera al que estaba atada su cadena tenía una grieta.

Sus ojos brillaron con una pizca de esperanza.

...

Al colgar, Julián se quedó parado frente a la ventana de su cuarto con una mirada complicada.

Pasó un buen rato hasta que volvió en sí y se regresó a la cama.

Fátima...

Lo siento, pero sé que no me lo vas a reprochar, ¿verdad?

...

Fátima no supo cuánto tiempo corrió en la oscuridad. Sentía que se iba a desmayar, pero no se atrevía a parar por más veces que se cayera.

Por suerte, logró llegar a una carretera.

A lo lejos, vio las luces de un auto. Se paró en la orilla, agitando las manos desesperada y gritando con todas sus fuerzas:

—¡Ayuda! ¡Ayúdenme!

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