Al poco rato, sonó su celular.
Era Damián quien llamaba.
Carolina sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría. Primero trató de calmarse y luego contestó, con voz suave:
—Señor Carrasco.
Pensó que él la llamaba para hablar de celebrar su cumpleaños, pero quién se iba a imaginar que del otro lado se escucharía a Damián regañándola, hecho una furia:
—¡Carolina, ubícate de una buena vez! Ya no eres la señorita Palma. ¿Ni siquiera es seguro que sea tu cumpleaños real y todavía estás pensando en festejar? A La Dientona ya se la cargó el payaso, y si te puse a ti en su lugar no fue para que te des la vida de reina, sino para que trabajes. Si tienes tanto tiempo libre, mejor ponte las pilas para terminar el trabajo de ella, ¡o piensa en cómo hacerle la vida imposible a Doris! ¡No olvides que quien te dejó en la calle fue Doris!
—Lo... lo siento mucho, señor Carrasco, entendido —Carolina pasó del sentimiento de injusticia a la culpa en un segundo—. No voy a defraudarlo, le debo la vida.
Al colgar el teléfono, Carolina se dio una cachetada con todas sus fuerzas.
El señor Carrasco tenía razón, ¡cómo podía tener cabeza para pensar en cumpleaños!
Lo que tenía que hacer ahora era vengarse, ¡hacer que Doris cayera en un abismo del que no pudiera salir!
Esa cachetada y el ardor en su mejilla le aclararon la mente a Carolina de golpe, como si le hubieran echado un cubetazo de agua helada.
Los gritos de Damián fueron como un latigazo que rompió sus últimas ilusiones y debilidades.
¿Cumpleaños? Eso era para la Carolina del pasado, esa estúpida, ingenua y patética que Doris manejaba a su antojo.
La de ahora era el arma de venganza de Damián, la sucesora de La Dientona y, sobre todo, la pesadilla de Doris.
Así que volvió a marcar el número de Damián, le contó su plan y le dijo:
—Señor Carrasco, necesito un medicamento que sea incoloro e insípido pero que provoque un malestar estomacal violento y breve, y que de preferencia tenga efecto retardado. Yo me encargo de sobornar a la gente de la cocina de los Palma para poner eso en los platillos.
—Está bien, yo preparo la medicina —dijo Damián—. Así me gusta, de ahora en adelante enfócate en estas cosas y deja de pensar en tus días de señorita Palma.
—Entendido, haré todo lo posible para resolver sus problemas, señor Carrasco. —Tras colgar, Carolina no perdió tiempo y contactó al encargado de la cocina de la familia Palma.
Cuando le contestaron, Carolina dijo:
—Soy Carolina. ¿Quieres ganar el dinero que no ganarías ni en toda tu vida? Hazme un favor y, cuando esté hecho, te doy dos millones.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida