Ante las acusaciones histéricas de Fátima, Doris dijo con total calma:
—Señora Fátima, ¿tiene pruebas? ¿Por qué querría yo mandar secuestrarla y torturarla?
—¡Yo escuché a los secuestradores hablar contigo por teléfono! —dijo Fátima.
—Ay, por favor. ¿Dorita manda secuestrarte y aparte hace que los secuestradores la delaten enfrente de ti? ¿Tienes cerebro o qué? —se burló Félix.
Ricardo sentía que se moría de vergüenza. Jaló a su madre del brazo y le dijo en voz baja:
—Mamá, aunque quiera creerte, sin pruebas es muy difícil pensar que fue Dori. ¿Podrías dejar de hacer show?
Fátima lo miró con decepción.
—Riki... me decepcionas mucho. ¿Prefieres creerle a Doris, que me dejó así, antes que a tu madre que te ha cuidado por veintisiete años?
—No es que no quiera creerte, pero lo que dices no tiene lógica —Ricardo apretó la muñeca de Fátima con fuerza—. Mamá, te ruego que ya pares y te vayas, por favor.
Fátima se soltó con fuerza de Ricardo.
—¡No me voy a ir! ¡Si esa maldita de Doris no me da una explicación hoy, nadie va a estar en paz!
—¡Ya basta! Fátima, hoy es el cumpleaños de Dori. Si alguien te secuestró, deberías ir a la policía, ¡no venir aquí a armar un pancho! —la regañó Tatiana con severidad.
Felipe también gritó fríamente:
—¡Eric, saca a esta mujer de aquí!
La gente del pueblo también se levantó a gritar:
—¡Lárgate! ¡No arruines la fiesta de Dorita!
—¡Qué "maldita" ni que nada! ¡Una bestia como tú no merece ser la madre de Dorita!
—¡Qué lástima que los secuestradores no te mataron!
—Mamá, ¡qué vergüenza me das!
Justo en ese momento, apareció un video en la pantalla de la sala.
En la imagen, Fátima estaba arrodillada, comiendo sobras y bebiendo agua sucia como un animal. Tenía el pelo revuelto y la ropa hecha girones, un contraste total con su imagen habitual de señora elegante.
La escena dejó a todos helados; la sala se quedó en un silencio sepulcral.
Ricardo y Patricio abrieron los ojos como platos, sin poder creer que esa mujer bebiendo agua puerca fuera su madre, siempre tan digna.
Fátima vio que todos estaban mirando su momento más humillante. Su orgullo se hizo pedazos y perdió la cabeza por completo.
—¡Ahhh! ¡Doris! ¡Te odio! ¡Te voy a matar! —soltó un grito desgarrador que puso los pelos de punta a todos.
Sin terminar la frase, aprovechó que todos veían la pantalla para empujar a Ricardo y a Patricio, y se lanzó sobre Doris como fiera salvaje.
Mientras corría, todos vieron con horror que sacaba un cuchillo de fruta que tenía escondido. La hoja brillaba peligrosamente bajo la luz.

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