—Mi mamá... —reaccionó Patricio—. ¿Qué quieres decir? ¿Cómo que mi mamá casi se muere?
—Velo por ti mismo —dijo Doris y salió de la habitación.
Patricio tuvo un mal presentimiento. Se levantó a toda prisa, iba a ponerse las pantuflas, pero vio a su madre Fátima sentada en el suelo junto a la puerta.
—Mamá...
Justo cuando iba a preguntar qué estaba pasando, vio por el rabillo del ojo que había más gente fuera de la habitación.
Una mujer de negro fría como el hielo.
Un hombre alto y robusto, también de negro.
Y su padre, Julián, tirado en el suelo con el hombro herido.
Patricio sintió un escalofrío, ya ni se puso los zapatos y corrió descalzo hacia Fátima.
—Mamá, ¿qué pasó? ¿Por qué está herido mi papá? ¿Quiénes son estas personas?
Ante la lluvia de preguntas de su hijo, Fátima levantó los párpados con desgano. Miró a su hijo con ojos vacíos y le respondió con otra pregunta:
—Patri, lo de tu papá... ¿tú tuviste algo que ver?
Al ver a su madre en ese estado de desolación, Patricio se quedó pasmado.
—Mamá... ¿qué tienes?
—¡Dime! Lo de esta noche, ¡¿tuviste algo que ver o no?! —Fátima agarró los brazos de Patricio con ambas manos y le preguntó gritando desesperada.
Patricio se asustó y preguntó confundido:
—...¿Qué cosa?
Fátima apretó más fuerte los brazos de Patricio, con los ojos desorbitados y llenos de rencor.
—¡Que tu papá contrató a alguien para matarme!
Patricio abrió los ojos con horror.
—Mamá, ¿qué estás diciendo? ¿Papá mandó matarte?
Fátima soltó un suspiro y aflojó el agarre, desinflándose como un globo ponchado, quedándose sentada ahí mismo.
Al parecer, al menos su hijo no sabía nada.


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