—Germán, es la última vez que te lo advierto. Dori es mi prometida y será mi única esposa en esta vida. Si vuelves a molestarla, no me va a temblar la mano para hacerte desaparecer de este mundo. ¡Y cumplo lo que digo! —Higinio siempre había sido tranquilo y sereno; rara vez se le veía furioso.
Pero esta vez, aunque no alzó la voz, la ira y la autoridad que transmitía eran imposibles de ignorar.
Sus ojos negros revelaban una profundidad aterradora, como si pudieran tragarse a cualquiera, provocando escalofríos.
Dicho esto, Higinio ordenó a los guardias:
—Agárrenlo hasta que llegue la policía y se lo lleve.
—Entendido. —Los guardias se apresuraron a someter a Germán.
Esta vez, Germán no forcejeó. Su mente estaba llena de las palabras de Doris y de su mirada de repulsión.
Todos los espectadores quedaron intimidados por la presencia de Higinio; nadie se atrevía ni a respirar fuerte. Observaban la escena en silencio, temiendo llamar la atención de Higinio.
Higinio levantó la vista hacia Doris. Su rostro, antes severo, se suavizó al instante y le dijo con ternura:
—Dori, vámonos.
Germán, sometido por los guardias, quiso decir algo más, pero al toparse con la mirada gélida de Doris, se tragó sus palabras.
Doris asintió y, sin dedicarle ni una mirada más a Germán, caminó junto a Higinio hacia el elevador.
—La neta, un buen exnovio debería ser como un muerto: desaparecer por completo y no molestar a la ex.
—¡Exacto! ¡Qué descaro venir aquí a insultar al señor Villar! Resulta que terminó y a fuerza quiere seguir acosando a la exnovia, ¡y encima quería que el actual novio le entregara el regalo de cumpleaños! Está enfermo.
—Dicen que es un niño rico. ¡Si no fuera rico, ya le hubieran puesto una madrina!
—¡La cachetada que le dio la señorita Palma fue poco! ¡Yo le hubiera dado diez!
—Seguro él cree que es muy romántico, ¡pero no se da cuenta de que para ella eso es acoso!
Germán escuchaba todos esos comentarios hirientes. Volteó a ver la espalda de Doris, que se alejaba con Higinio hacia el elevador privado, y sintió que ella se alejaba cada vez más.
—Dori, no voy a dejar que Germán te vuelva a molestar.
Su aliento cálido rozaba los labios de ella, con un ligero aroma a menta.
Doris no pudo evitar reírse suavemente. Le acarició la mejilla con la yema de los dedos y dijo:
—Ya le dejé las cosas claras. Si Germán vuelve a venir, haz lo que quieras con él. Lo único malo será darle explicaciones a la familia Benítez.
La mirada de Higinio se oscureció al instante. Apretó más el brazo en su cintura y dijo con voz ronca y un toque de frialdad:
—¿La familia Benítez quiere explicaciones? Si ellos no pueden controlar a su gente, entonces yo me encargo.
Dicho esto, miró a Doris con intensidad, sus labios a punto de tocar los de ella.
—Dori, cuando dijiste frente a Germán que te gusto... ¿sabes lo feliz que me hiciste?

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