Doris levantó la cara para mirarlo. Al ver esa expresión de total satisfacción, delineó el arco de sus cejas con el dedo y dijo:
—Si no me gustaras, ¿para qué me comprometería contigo? Aunque al principio fue solo por tu cara y por esa determinación tuya de no rendirte ni después de un golpe tan duro.
—Pero ahora... de verdad me gustas.
Bajó la voz en la última frase, dejando que el final de la oración quedara en el aire con un tono coqueto.
La respiración de Higinio se volvió notablemente más pesada. Le dio un leve mordisco en los labios a modo de castigo y dijo:
—Saberlo es una cosa, pero escucharlo de tu propia boca, y frente a tanta gente... no pude evitar ponerme feliz.
—Así que... síguele.
Doris se rio.
—Y luego, cuando vi que no te quejabas ni un poco del dolor mientras te daba tratamiento, pensé... —su voz se volvió un susurro—: «Este hombre tiene que ser mío».
Las pupilas de Higinio se contrajeron de golpe. Al segundo siguiente, su beso cayó con fuerza, dominante, como si quisiera devorar cada palabra que ella acababa de decir.
Doris sentía que le faltaba el aire mientras hundía los dedos en el cabello negro y denso de él.
Cuando ambos quedaron sin aliento, Higinio se separó un poco, apoyando su frente contra la de ella.
—Dori, desde la primera vez que me hiciste acupuntura y tus dedos tocaron las cicatrices de mis piernas sin mostrar ni una pizca de asco, supe que quería amarrarte a mi lado para siempre.
—Ya, ya, mucho beso. Hay que comer y luego toca el tratamiento. —Doris empujó suavemente el pecho de Higinio para salir de sus brazos.
Si seguían así y no podían terminar en la cama, iba a ser peor.
Después de comer, Doris comenzó con la sesión de terapia. Higinio recordó la conversación de la noche anterior y preguntó:
—Dori, ¿soñaste conmigo anoche?
Doris soltó una risita.
—Fíjate que sí.
Higinio alzó una ceja, intrigado.
—¿Y qué soñaste?
—Soñé cosas no aptas para menores... pero justo en la mejor parte, me desperté.
La última aguja de plata entró firme en el punto Zusanli de la pierna de Higinio. Doris giró suavemente el extremo de la aguja para asegurar el estímulo.
Levantó la vista y vio que Higinio tenía el ceño fruncido y la frente perlada de sudor, pero mantenía los labios apretados sin emitir ni un sonido.
—¿Te duele? —preguntó en voz baja.
Higinio negó con la cabeza, con la voz un poco ronca.
—No duele.
Doris soltó una risita y le dio un golpecito en la rodilla, burlona.
—¿Para qué te haces el macho? Hoy te puse una dosis reforzada en este punto; el dolor y la presión son mucho más fuertes que de costumbre. Ya hasta te está escurriendo el sudor.
Higinio se rio por lo bajo, se limpió el sudor de la frente y la miró fijamente mientras ella seguía concentrada. Su voz era profunda:
—¿Tanto te preocupas por mí, Dori? ¿Cómo voy a tener miedo al dolor?
—Obvio, no solo soy tu doctora, también soy tu prometida. ¿Cómo no me voy a preocupar por mi futuro esposo? —Doris le rodó los ojos, pero no pudo ocultar la sonrisa en su mirada—. Ahorita que Verdín y Blanquito terminen de darte el masaje, pruebas caminar a ver si hoy ya te puedes mover mejor.

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