Doris arqueó una ceja y miró a Higinio:
—¿Sabes pelear?
Higinio respondió como si nada:
—Entrené un poco.
Emilio soltó una risa burlona:
—¿Un poco? Higinio, qué modesto te viste.
Miró a Doris y explicó:
—Esa vez los tipos traían armas, y Higinio ni se quitó el saco. En cinco minutos los dejó a todos en el suelo y hasta le dio tiempo de llamar a la policía.
Una chispa de diversión brilló en los ojos de Doris:
—Parece que nuestro señor Villar tiene bastantes talentos que yo no conocía.
Higinio bajó la mirada hacia ella, con una leve sonrisa en los labios:
—Si quieres saber, luego me preguntas con calma.
En el privado se escuchó un coro de burlas. Arturo se tapó los ojos exageradamente:
—¡Ay, mis ojos! ¡Cuánta miel, ya no aguanto!
Aprovechando el alboroto, Doris dibujó círculos discretamente en la palma de Higinio con la punta de los dedos. Él le atrapó la mano al instante.
Justo cuando estaban concentrados pidiendo, el celular de Doris sonó en la mesa. Lo tomó y vio que era su mamá, Tatiana.
Doris contestó y de inmediato escuchó la voz angustiada de su madre:
—¡Doris! Ya sé que estás en una cita con Higinio y no debería molestarte, ¡pero es que ya no sé qué hacer! ¡El asistente de tu papá me acaba de marcar para decirme que la policía se llevó a tu papá de la empresa!
La voz de su madre se quebraba por el llanto. A Doris se le estrujó el corazón, pero se esforzó por mantener la calma y la consoló:
—Mamá, no te alteres. Voy ahorita mismo a Médica Palma a ver qué está pasando. Tú espérame en la casa, ¿va?
Al escuchar esto, los cuatro amigos se quedaron pasmados y voltearon a ver a Doris.
Higinio también se dio cuenta de que algo había pasado y su mirada se oscureció.

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