Doris levantó la vista hacia la habitación de su madre Tatiana en el segundo piso.
Tal vez, que Ricardo viniera ayudaría a distraer a su mamá y a que no se preocupara tanto por la situación de su papá en la comisaría.
—Está bien.
Al otro lado de la línea, claramente no esperaban que Doris aceptara de verdad. La voz de Ricardo se volvió instantáneamente emocionada.
—¡Me arreglo y voy para allá ahorita mismo!
Al colgar, la mirada de Doris se oscureció. La llamada de Ricardo le había servido de recordatorio.
Si Iván quería vengarse, ¿sería posible que atacara a través de los vecinos del pueblo?
¿Podría, por ejemplo, secuestrar gente del pueblo para usarla como rehenes y amenazarla?
Doris marcó el número de Sombra y le dio solo dos instrucciones:
—Hubo un problema en Médica Palma, seguro ya sabes. Pon a alguien a vigilar a Damián para ver qué movimientos hace próximamente.
—Sí.
—La segunda cosa es que mi abuelo se fue a vivir a Pueblo de la Luna. Me preocupa que Iván intente algo contra mi abuelo o la gente del pueblo. Manda a unos cuantos a vigilar y avísame de cualquier cosa rara de inmediato.
—Entendido.
Tras darle las órdenes a Sombra, Doris por fin pudo respirar un poco más tranquila. Luego llamó al mayordomo.
—Eric, Ricardo va a venir en un rato. Déjalo pasar.
—Sí, señorita.
Una hora después.
Eric llevó a Ricardo a la villa de la zona este.
—Señorita, aquí está el joven Ricardo.
—Bien.
Doris estaba sentada en el sofá con los ojos cerrados, descansando. Al escuchar la voz, abrió los ojos y volteó.
El estado de Ricardo no se veía mucho mejor que el de Patricio. Tenía la misma barba descuidada, señal de que llevaba tiempo sin arreglarse bien.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida