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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 907

Tras la partida de Doris, los vehículos de seguridad restantes llegaron y cercaron la zona.

Higinio se giró hacia Héctor e Izan, quienes lucían derrotados y llenos de rencor. Hizo una seña a los guardaespaldas.

—Llévenselos.

Rubén, que no había sido agarrado por los guardias, miró a su hijo con esperanza.

—Higi, hijo... no dejaste que me llevaran. Sabía que...

—Tú te vas con Ernesto —lo interrumpió Higinio tajantemente.

La sonrisa de Rubén se congeló en una mueca de terror. ¿Con Ernesto? ¡Eso era una sentencia de muerte!

—¡No, espera! —intentó protestar, pero los guardaespaldas le taparon la boca y lo arrastraron hacia otro vehículo.

Higinio ignoró los pataleos de su padre, subió a su carro y se dirigió hacia la ubicación de Manuel y Ernesto.

***

Doris llevó a Enrique hasta donde se alojaba Alexander. Al verlo, el anciano se quebró.

—Hijo... te fallé. Le fallé a tu madre, a tu hermano y a ti. No espero que me perdones, pero le prometí a Ernesto que te daría el cinco por ciento de las acciones del Grupo Villar.

Alexander observó al anciano frente a él. Había soñado con este momento, o tal vez con uno más violento, pero ahora solo sentía un vacío extraño.

—Abuelo —dijo finalmente—, es cierto que no puedo perdonarte todavía. Pero aceptaré las acciones.

—Está bien. No tienes que rechazar lo que es tuyo por mis errores... —Enrique suspiró—. ¿Tienes tus cosas listas? Vamos a casa.

—Ya está todo —dijo Alexander.

Solo tenía una maleta de piel. Higinio le había comprado todo lo demás y le había dicho que dejara la casa tal cual, por si algún día quería volver a tener un momento de paz.

—Vámonos entonces.

—Debo irme. Alexander ya está en la mansión Villar. ¿Vienes?

Al oír el nombre de Alexander, Ernesto se estremeció. Negó con la cabeza y respondió con señas:

[No. No le digas dónde estoy. Que empiece su nueva vida lejos de alguien manchado de sangre como yo.]

Higinio respetó su decisión. Dejó dos guardias para vigilar la situación y se marchó con Manuel.

Estaban en un pueblo remoto, lejos de Solara. Ernesto había elegido el exilio. Sentía que su ciclo había terminado y no quería ser una sombra en el futuro brillante de Alexander.

***

Higinio llegó a la mansión a las siete de la noche.

Antes de entrar al salón, escuchó la risa de Doris. Se detuvo un instante, permitiéndose una sonrisa genuina. Esa risa era lo que quería escuchar el resto de su vida al llegar a casa.

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