—¿Dónde está mi hermana? —le preguntó Izan al mayordomo.
El mayordomo respondió con honestidad: —No lo sé, joven. Poco después de que usted regresara, ella agarró su bolsa y salió.
Izan tuvo un mal presentimiento y ordenó: —Tráeme mi celular.
El mayordomo le entregó el teléfono. Izan lo tomó y marcó el número de Silvia Villar.
Tardaron un buen rato en contestar.
Izan reclamó de inmediato: —Silvia, con el problemón que tenemos encima, ¿cómo es que no estás en la casa?
La voz de Silvia sonaba muy agitada al otro lado de la línea: —¡Izan, perdóname! ¡No puedo irme contigo a África, tengo que quedarme en el país! ¡Por eso me voy a esconder un tiempo!
—¿Esconderte? ¿Y cómo piensas esconderte de la búsqueda de Higinio? —dijo Izan, incrédulo ante la estupidez de su hermana.
Silvia respondió: —Tranquilo, tengo quien me ayude.
Izan frunció el ceño, sintiendo una punzada de dolor y coraje: —¿Alguien que te ayude? No me digas que es uno de esos tipos que te traían ganas pero no les alcanzaba para llegar a tu precio. ¡No vayas a caer tan bajo como para enredarte con un hombre así!
Se escuchó un grito de dolor de Silvia, como si alguien le hubiera dado una cachetada. Inmediatamente después, se oyó un ruido de estática y una voz masculina y feroz resonó en el teléfono:
—Izan, te pasaba tus aires de grandeza cuando estabas en la cima, ¡pero ahora que te van a exiliar a África para siempre no estás en posición de mirar a nadie por encima del hombro! ¡Te aviso que ahora tu hermana no tiene más opción que rogarme y tenerme contento!
Dicho esto, colgaron la llamada.
La cara de Izan se descompuso del coraje. ¡Silvia era una idiota!
Por muy mal que estuviera África, era mil veces mejor que quedarse en el país humillados y sin poder levantar la cabeza. ¡Allá al menos sería territorio de ellos!
Pero ahora, Silvia prefería ir a humillarse con un tipo que antes ni siquiera se dignaba a mirar.
«¡Al diablo! —pensó Izan—. ¡Lo que le pase de ahora en adelante se lo buscó ella solita!».

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