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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 923

Augusto sostenía un cuchillo e intentó apuñalar a Doris directamente.

Sin embargo, el cuchillo no tocó el pecho de Doris. Se escuchó un crujido seco; Doris había atrapado la mano de Augusto y se la rompió sin piedad.

—¡Ahhh! —gritó Augusto, y el cuchillo cayó al suelo.

Doris atrapó el cuchillo en el aire y, con un movimiento rápido, le destrozó las muñecas.

Ignorando los gritos de Augusto, procedió a inutilizarle la otra mano también.

No contenta con eso, esparció un polvo tóxico sobre las heridas para que esas manos, ahora inútiles, se necrosaran por completo y no tuvieran cura.

Al terminar, Doris lo soltó y le dio una patada brutal que lo mandó al suelo.

Augusto rodó de dolor, queriendo sujetarse las manos destrozadas, pero descubrió que ya no tenía fuerza alguna en ellas.

Doris jugó con el cuchillo, caminó hacia él y lo miró desde arriba con frialdad.

—Augusto, por el hecho de que llevas la sangre de la familia Palma, te di una salida. Pero no la quisiste, a fuerza tenías que venir a buscar tu muerte.

Andrea, que andaba buscando a su hijo, escuchó el alboroto y corrió hacia allí. De inmediato vio a Augusto retorciéndose en el suelo.

—¡Gusti! ¡Gusti! ¿Qué le pasó a tus manos?

Aunque Augusto le había hecho muchas cosas horribles, Andrea, como madre, no podía ser completamente indiferente a la vida de su hijo.

Andrea se arrodilló frente a Doris y comenzó a golpear su cabeza contra el suelo repetidamente.

—Dori, te pido perdón en nombre de mi hijo. Por favor, perdónalo una vez más, te lo ruego. Esta vez lo vigilaré bien, no dejaré que te haga daño de nuevo...

La frente de Andrea sangraba por los golpes contra la tierra, pero parecía no sentir dolor, suplicando sin cesar por su hijo.

Doris la miró fríamente.

—Ya le inutilicé las manos a tu hijo, es un inválido. Puedo perdonarle la vida, pero si quieres que siga respirando, no pueden quedarse en el pueblo.

Andrea miró a su hijo, que sufría un dolor insoportable, y asintió entre lágrimas.

—Entiendo. Me lo llevaré mañana a primera hora.

—No —dijo Doris—. Yo misma los enviaré lejos.

Dicho esto, lanzó dos agujas de plata que se clavaron en las sienes de Andrea y Augusto.

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