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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 97

La mirada de Higinio se volvió más profunda.

—Antes no quería dudar de Álvaro, no había necesidad —dijo lentamente—. Pero ahora sí que tengo mis sospechas. Ya le pedí a Manuel que investigue el asunto.

Hizo una pausa y luego miró hacia un rincón, donde Germán bebía solo.

—Doris, tu exnovio no te ha quitado los ojos de encima desde que entró.

Doris echó un vistazo.

Efectivamente, Germán la miraba fijamente.

Antes de romper, Germán era un chico pobre que vestía ropa barata o de marcas de segunda.

Pero ahora era diferente. El traje a medida que llevaba le daba un cierto atractivo.

—No importa —dijo Doris, apartando la vista con indiferencia—. Si se atreve a armar un escándalo, lo echo de aquí.

Al notar la mirada de Higinio, Germán levantó su copa con un aire de desafío.

Los ojos oscuros de Higinio se ensombrecieron por un momento, pero sonrió sin decir nada.

Desde que había quedado inválido, parecía que cualquiera se atrevía a faltarle al respeto.

Un tal Germán, recién llegado a la alta sociedad, ya se atrevía a desafiarlo y a codiciar abiertamente a su prometida.

«No hay prisa. Dejaré que disfruten de su momento de gloria. Luego, me encargaré de ellos, uno por uno».

***

Después de salir del salón de fiestas, Carolina dijo con los ojos enrojecidos:

—Patricio, ese golpe que te dio papá debió de doler mucho.

—No dolió, no dolió nada —respondió Patricio, frotándose el labio con una mirada de odio—. ¡Lo que siento es rabia! ¡Rabia por haber caído otra vez en la trampa de esa mocosa del campo, Doris!

—Patricio, me siento tan culpable de ver cómo tú y Ricardo sufren por mi culpa —dijo Carolina, desanimada—. Olvídalo, no intenten vengarme más. A partir de ahora, me portaré bien delante de ella.

Ricardo sacudió la cabeza. «¿Qué estoy pensando? ¿Acaso si Doris es mejor que Caro, la querré más a ella y menos a Caro? Claro que no. Quiero a Caro porque hemos vivido juntos veinte años, tenemos un vínculo profundo. En mi corazón, Caro es mi verdadera hermana».

—Ricardo, ¿de verdad no vas a ir a ver qué pasa en la fiesta? —preguntó Patricio, mirando la pierna derecha de su hermano.

Ricardo volvió en sí y guardó silencio.

No se atrevía a enfrentarse a la gente que conocía, pero ¿cuánto tiempo podría seguir escondiéndose?

Tarde o temprano, todos se enterarían de que su pierna estaba destrozada. Podía evitarlo por un tiempo, pero no para siempre.

Después de un rato, dijo con frialdad:

—Cuando Caro se cambie, iré con ustedes.

—De acuerdo —asintió Patricio—. Lo del vestido fue un descuido mío y Caro sufrió la humillación. ¡Ahora que volvamos, haremos que se luzca y recupere su lugar!

***

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