Iván levantó la mano para acariciarme la cara, con esa actitud de quien disfruta el espectáculo. —Nadie escarmienta en cabeza ajena; solo cuando te topas con pared aprendes.
Parpadeé confundida. Sus palabras me generaron dudas, pero no entendía qué quería decir exactamente.
¿Acaso le va a pasar algo a Matías?
Pregunté con preocupación: —Prometiste que ascenderías a Matías a gerente regional.
La mano de Iván se deslizó hasta mi cuello, me agarró de la barbilla y dijo: —Lo que te prometí, lo voy a cumplir. Pero recuerda: cuando estés conmigo, no pienses en otro hombre.
Sentí su disgusto en el aire. —Entendido.
Iván miró la hora. —Duérmete. Mañana tengo que ver a un cliente, por la noche me acompañarás a una cena.
—Está bien.
Solo que...
Nunca imaginé que en la cena de mañana, yo también terminaría siendo parte del menú.
...
Al día siguiente.
Alexa estaba esperando abajo desde temprano. Al vernos salir a Iván y a mí, aunque sonreía, su mirada claramente quería matarme.
Cada paso que daba me lastimaba. Antes de levantarnos, él quiso hacerlo otra vez. No sé por qué, pero fue especialmente rudo; cuando me bañé vi que me había lastimado.
Por eso caminaba más despacio que él.
Alexa me vio, barrió con la vista mis piernas y entendió todo. Dijo con sarcasmo: —Si Isabel no se siente bien, que regrese a descansar. Al fin y al cabo vamos a hablar de negocios, yo puedo acompañar al señor Hernández.
En cuanto al negocio, es verdad que no sé mucho, de hecho no tengo ninguna función operativa; mi trabajo es acompañar a Iván. Pero que me lo dijera con esas indirectas me molestó.
Pero después de terminar el trabajo de la tarde, Iván hizo que me trajeran un vestido negro entallado y unos tacones de piel de borrego.
Parada frente al espejo, me quité el labial rojo intenso y me puse uno más suave para verme más accesible.
Apenas me cambié, abrieron la puerta de la habitación; Iván también tenía tarjeta de mi cuarto.
Se acercó por detrás, mirándome a través del espejo, puso su mano en mi cintura y en mi cuello...
Club Élite.
Cuando entré al privado acompañando a Iván, Alexa ya estaba ahí. Lucía joyas costosas que la hacían ver tan elegante como una anfitriona. Tomó el abrigo de Iván para colgarlo y me pidió que ayudara a servir el vino.
Ellos dos se sentaron juntos a platicar sobre Jaime, el cliente de esta noche, y yo me quedé a un lado como la chica de los mandados.

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