Aunque no la veía, por su voz podía sentir que era una mujer amable y educada.
Volteé la cara y vi que Jaime tenía una expresión forzada; bajó la voz y me dijo: —Solo di que vienes a recoger el contrato del señor Hernández.
Entendí de inmediato: era su esposa.
—Entendido.
Jaime me soltó la cintura, se dio la vuelta cambiando instantáneamente de expresión y caminó hacia ella con una sonrisa llena de ternura.
—¡Mi amor! —exclamó—. ¿Qué casualidad?
Tal como esperaba, la esposa de Jaime tenía un aire elegante y distinguido. Aunque ya no era joven, conservaba un gran atractivo.
Lea sonrió con dulzura, posó su mano con naturalidad en la solapa del saco de Jaime y, mientras se la arreglaba, dijo: —Vine a dar una vuelta con Abril y las demás, no esperaba encontrarlos a ustedes aquí.
Ese «ustedes» me metió en la jugada sin esfuerzo.
Jaime, con una actitud totalmente profesional, me presentó: —Lea, ella es Isabel, la asistente del señor Hernández de Impulso Aéreo.
Extendí la mano por iniciativa propia. —Mucho gusto, señora. Al señor Hernández le surgió un asunto urgente de último momento y me pidió que le trajera el contrato a Jaime. Mire.
Aproveché para sacar el contrato de mi bolsa.
Jaime se quedó pasmado un instante; obviamente no esperaba que yo improvisara así.
Aunqu no quería, no tuvo más remedio que tomar la pluma, firmar el contrato rápidamente y devolvérmelo.
—Ay, Isabel —dijo Jaime con un tono lleno de intención—, el señor Hernández tiene muy buen ojo al contratar a una asistente tan capaz como tú.
Guardé el contrato. —Jaime, usted bromea. Teniendo a una esposa tan elegante y distinguida a su lado, no me extraña que sus negocios vayan viento en popa.
Lea no me había prestado mucha atención al principio, lo noté en su mirada. Pero mis palabras despertaron su interés y la forma en que me miró cambió.
Como aprobando lo que veía, asintió y dijo: —Esta jovencita no solo es bonita, también es muy lista. Si le echas ganas, tendrás un gran futuro.
Incliné la cabeza hacia Lea. —Gracias por el consejo, señora, y que su boca sea de profeta.
Si no me iba ahora, ¿cuándo?
Les dije: —Señor, señora, ya está el contrato firmado, así que no les quito más tiempo. Me retiro.
Cerré la puerta y la rabia que sentía llegó al límite. —Por lo que dice el señor Hernández, parece que está decepcionado.
Dejé el contrato sobre la mesa y dije a propósito: —Ya hice lo que me pidió. Ahora, le pido al señor Hernández que regrese a su habitación, me voy a bañar.
Iván se levantó despacio, se acercó a mí paso a paso, me levantó la barbilla con los dedos y preguntó con un tono burlón: —Tienes tus mañas, te subestimé.
Giré la cabeza para soltarme de su mano y caminé hacia el baño.
Justo cuando iba a cerrar la puerta, él entró. De inmediato sentí que perdía el piso y me subió al lavabo.
Molesta y con los ojos llorosos, le dije: —Acabo de estar con otro hombre, ¿no te doy asco?
Él, sin embargo, comenzó a desabrocharse la camisa botón por botón y, sin dejarme hablar, me tomó la cara y me besó.
—Sé que no subieron a la habitación —dijo con voz ronca—. Mi coche estaba afuera.
Al escuchar eso, sentí una mezcla de coraje y vergüenza. Empecé a golpearle el pecho con los puños, pero su beso se volvió más intenso.
El baño se llenó de vapor, en la cancelería quedaron marcadas nuestras huellas desordenadas. Él me abrazaba con fuerza mientras yo lloraba hasta que se me puso la nariz roja, pero eso solo hizo que él me deseara con más fiereza.

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