Cuando Iker regresó al Chalet El Roble Dorado, Eleonor estaba acurrucada en el sofá de la sala, sosteniendo entre sus manos una infusión dulce y caliente.
Susana Castillo estaba sentada a su lado, mirando el vientre de Eleonor con expresión preocupada.
—¿Pasa algo?
Iker se acercó a paso rápido, enfocando su mirada inmediatamente en el rostro de Eleonor.
—No es nada. El bebé se movió un poco fuerte hace un momento y la señora Castillo se preocupó muchísimo.
Eleonor sonrió dulcemente y palmeó el asiento vacío a su lado, invitándolo a sentarse.
—Mírate, ya te contagió el nerviosismo.
Iker se sentó a su lado y apoyó la palma de su mano sobre el vientre abultado de su esposa. Solo cuando sintió los movimientos suaves y regulares en el interior, su ceño fruncido comenzó a relajarse.
Susana Castillo murmuró para sí misma:
—Ya estás a punto de dar a luz, ¿qué necesidad tienes de seguir dando consultas en la clínica? Si me preguntan a mí, deberías quedarte en casa descansando.
Eleonor le dirigió a Iker una mirada de súplica, cargada de impotencia.
Iker entendió de inmediato e intervino para calmar las aguas:
—Señora Castillo, Eleonor sabe lo que hace. Además, ya ha reducido muchísimo sus visitas a la clínica.
En el fondo, Susana solo se preocupaba por el bienestar de Eleonor, así que no dijo más. Se puso de pie y se dirigió a la cocina para supervisar personalmente la sopa que estaba en el fuego.
Cuando se quedaron a solas en la sala, Eleonor le preguntó en voz baja:
—¿Por qué regresaste tan de repente?
—Vine a estar contigo.
Iker la miró y, con un toque de fingida indignación, le devolvió la pregunta:
—¿Acaso no puedo?
Eleonor soltó una carcajada.
—Claro que sí, es lo que más quiero.
Desde que eran niños, sabía que a ese hombre imponente le encantaba que le hablaran con dulzura.
Hacerlo feliz era la cosa más sencilla del mundo.
Poco después, Susana salió a llamarlos para el almuerzo.
Apenas se sentaron en el comedor y las empleadas comenzaron a servir, un humeante tazón de sopa con una gran pieza de pollo aterrizó justo frente a Eleonor.
Susana se sentó a su lado, sonriéndole de oreja a oreja:
—Cómete el pollo rápido mientras está caliente. Si no quieres tomarte la sopa, déjala.
—Está bien.

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