Dos días después, las heridas de Lara estaban casi curadas y su voz había vuelto por completo a la normalidad.
Durante ese tiempo, Felipe no fue a visitarla ni una sola vez.
En cambio, recibió un paquete que su madre le había enviado desde Puerto Coral.
Adentro venía la identificación de Mariana.
De pie frente a la ventana de la habitación, mirando el incesante tráfico de la calle, una sonrisa tenue apareció en sus labios.
Una mezcla entre ironía y resignación.
En ese momento, la puerta se abrió.
El doctor Fabián Zúñiga entró. Hoy no llevaba bata, sino una camisa gris oscuro con las mangas remangadas hasta los codos. Se veía menos frío que de costumbre y un poco más cercano.
—Ya terminamos con el papeleo —le entregó los documentos—. Te puedes ir.
Lara los tomó, los miró y dijo en voz baja:
—Gracias, doctor Zúñiga.
Fabián no respondió de inmediato, se quedó allí de pie, mirándola, como si sopesara sus palabras.
—Doctor Zúñiga, ¿pasa algo? ¿Necesita algo más?
—¿Te vas hoy a Puerto Coral?
Lara asintió.
Fabián esbozó una rara sonrisa abierta.
—¡Qué excelente noticia!
—¿Eh? —Lara se sorprendió. No entendía por qué el doctor parecía tan entusiasmado.
Solo iba a regresar a Puerto Coral. ¿Por qué le parecía tan excelente noticia?
Al ver su desconcierto, Fabián se frotó la nariz con el nudillo y se aclaró la garganta.
—Este... bueno, ve a empacar tus cosas, no vayas a perder el vuelo.
—Gracias, doctor Zúñiga.
Después de que Fabián se fue, Lara empezó a empacar.
En realidad, no tenía mucho que guardar.
Abrió el cajón de la mesa de noche. Solo estaba la pequeña caja de terciopelo.
Al levantar la tapa, vio el anillo de hombre. Era de diseño minimalista, un aro plateado con una inscripción en el interior: *Felipe · Lara*.

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