Punto de vista del autor;
¿Cena?
¿Cómo podría importar?
¿Cómo es posible que allá pensado e una intimidad rápida y sin palabras bajo las sábanas para saciar la parte de ella hambrienta de su toqué? Lo que ella siempre habia conocido.
Pero alfa Rastus tenía otros planes.
La forma en que sus ojos la devoraban mientras la llevaba sin esfuerzo a través de la sala la ponía nerviosa.
Nerviosa, como si hubiera caído en algún tipo de trampa.
Pasó junto a la mesa hasta su escritorio de estudio y la colocó sobre él.
—Ponte a cuatro patas —ordenó, dando un paso atrás.
Agnes lo miró con los nervios revoloteando en su pecho.
—Umm... pero...
—No hay preguntas —dijo en un tono suave, pero que no dejaba lugar a discusión. —Hazme un regalo, cariño.
Un escalofrió recorrió su cuerpo. Siempre había algo en sus órdenes que hacía que la desobediencia pareciera imposible.
Y ella no quiso resistirse
Agnes quería dejarse llevar. Dejar de pensar demasiado, dejar de luchar contra sí misma.
Agnes respiró resignada y se puso de rodillas sobre el escritorio.
La superficie estaba fría contra su piel, estabilizándola mientras ella estiraba la mano hacia atrás, separando sus nalgas y abriéndose por completo a sus ojos.
Mientras ella se presentaba ante él, él no pudo detener el ruido que comenzó en lo profundo de su pecho y que se convirtió en un gruñido bajo y prolongado que llenó la habitación.
Sus ojos recorrieron el cuerpo que le ofrecía, desde sus muslos temblorosos hasta la perla resbaladiza de humedad que goteaba de la pequeña boca de su coño, hasta su clítoris hinchado que lo llamaba todo suyo.
M****a, ni siquiera la había tocado apropiadamente, pero su control se sentía como un cañón listo para explotar. Quería darse un festín con ella.
—¿Reina mía? —su voz salió áspera.
—¿Si? —susurró sin aliento.
—¿Alguna vez te he dicho lo hermosa que eres? ¿Qué me encanta tu cabello? El color de tu piel. Tus ojos… no hay nada que no pueda fascinarme de ti.
Un gemido bajo le respondió, otra gota de humedad brilló en su entrada.
Su mujer estaba tan excitada, tan lista para él, que eso lo estaba volviendo loco.
—A la m****a —alfa Rastus dio un paso adelante para rodearla, deslizando su mano posesivamente hacia su cintura, tirándola hacia el borde del escritorio.
Esta vez no había culpa ni vacilación.
—Eres mi mujer. Me perteneces.
Él le rodeó el cuello con una mano fuerte, tirando de ella hacia arriba hasta que su espalda presionó contra su pecho. Giró su cabeza hacia un lado y capturó sus labios en un beso que era muy sucio y asqueroso.
—No importa lo que pasé, siempre serás mía, en esta y en la próxima vida -dijo contra sus labios antes de tomarlos de nuevo. La besó hasta que el mundo exterior se desvaneció en la nada dejándola solo a ella, solo a ellos.
Él rompió el beso, empujándola hacia atrás sobre el escritorio, su cuerpo cayó en el arco perfecto que él quería. Inclinándose hacia delante, alfa Rastus se encontró cara a cara con su coño mojado. Y le dio una lamida larga y deliberada.
Ella se sacudió, conteniendo la respiración bruscamente.
—¿Qué estás haciendo? —chilló


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No me detendré hasta recuperarte, mi luna!