Hola, mis chicas bellas. Ya estamos de vuelta. Sé que ha pasado un tiempito, pero estuve atendiendo algunos asuntos personales. Hoy les traigo por fin el primer capítulo. Ya saben: es una historia sencilla, sin pretensiones de perfección, pero hecha con todo mi cariño. Ojalá la disfruten tanto como yo al escribirla.
Gracias por su paciencia, por cada mensaje de apoyo y por seguir aquí conmigo.
Agarren sus maletas, que nos vamos directo a Nashville, Tennessee a conocer esta nueva parejita.
*¡No me puedo… enamorar! Es una obra escrita por Dannya Menchaca (DannyaRent) registrada en Safecreative bajo el código 2602264697286. Se prohibe su distribución parcial o completa, ya que estaría infringiendo con los derechos de autor*
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—¡Leah! —me grita Danae bajando las escaleras con urgencia.
Al escucharla me apresuro a colocar los arreglos de flores que faltan en las mesas.
—Leah, en media hora nos tenemos que ir a la iglesia y tú aún no estás lista —me recrimina, señalando mi pijama con el ceño fruncido.
Danae es mi hermana menor. Tiene quince años, pero a veces parece una mujer de cuarenta atrapada en un cuerpo adolescente. Su madurez no vino sola: las enfermedades que ha enfrentado la hicieron crecer antes de tiempo.
Volteo a verla y ya está lista, lleva un vestido color lila, que se ajusta en el busto con delicadeza y cae suelto desde la cintura, se ve radiante.
—¡Leah! —vuelve a gritar Danae, sacandome de mis pensamientos.
—Ya voy, estaba terminando de poner las flores —me justifico.
—Ve a cambiarte, Hayleen estará furiosa si nos retrasamos más —ordena con suavidad—, yo terminaré con las flores.
Hayleen es mi hermana mayor, la que se casa hoy, y es todo lo contrario a Danae. Ella parece la menor de las tres: enamoradiza, impulsiva, todavía convencida de que los príncipes azules existen. Soñaba tanto con casarse de blanco que, en cuanto su novio se lo propuso, ya estaba eligiendo flores, vestido y menú.
—Está bien, ya voy —me acerco y la abrazo—. Te ves hermosa, pequeña.
—Ve a cambiarte —insiste, impaciente.
—No tardaré.
—Eso espero, solo tienes unos cuantos minutos para estar lista —presiona.
Subo con prisa las escaleras al que fue mi apartamento hasta hace algún tiempo, aunque algunas veces sigo quedándome aquí; es mi refugio cuando siento que el mundo pesa demasiado.
Hace seis años empecé a trabajar como asistente de maestra en una escuela cercana, faltaban solo unos meses para que me graduara cuando sucedió lo de mis padres… y todo cambió.
Siempre he sido muy independiente, así que mis padres me acondicionaron el pequeño apartamento del segundo piso de la librería cuando empecé a estudiar. Era perfecto: lo suficientemente lejos para sentirme adulta, lo suficientemente cerca para saber que, si algo pasaba, ellos estaban en casa a unos minutos. Ese equilibrio me ayudó a madurar más rápido de lo que imaginé.
Entro al baño y me doy una ducha rápida. No tengo tiempo para detalles; la ceremonia está a punto de comenzar. Me pongo un poco de crema en el cabello para que mis rizos tomen forma y me maquillo de la manera más sencilla posible. Nunca he sido buena para esto. Danae me ha enseñado mil tutoriales, pero me pierdo en cuanto empiezan con la tercera capa de crema previa a la base. Y ni hablar de las pestañas postizas: apenas me da un poco de aire y salen volando como si tuvieran vida propia.
Mi vestido está sobre la cama. También es color lila, el tono que Hayleen eligió para su boda. Está tan emocionada que lo único que deseo es que todo salga perfecto y que, por fin, encuentre la felicidad que tanto anhela.
Ella se quedó en casa preparándose, rodeada de la familia de Eric, el flamante novio. Por eso Danae y yo nos quedamos aquí, en mi antiguo apartamento. Quise darles espacio, para que Hayleen pudiera atenderlos. Además, necesitaba dejar todo listo para la recepción en la cafetería. Después de que mis padres fallecieron, invertí la herencia que me dejaron en comprar el local de al lado y lo convertí en la que ahora es la cafetería. Me parecía la forma más natural de honrar lo que ellos construyeron: un lugar donde los libros y las personas siempre encontraban refugio.
La idea resultó mejor de lo que imaginé. Ahora la gente puede leer mientras toma café, y, para ser sincera, la cafetería deja más ganancias que la librería misma. A veces pienso que mis padres habrían sonreído al ver cómo todo terminó encajando.
Me pongo el vestido. La tela es suave, resbala por mi piel y se ajusta lo suficiente para darme una silueta bonita. Supongo que trabajar tanto todos los días me ha mantenido en forma. Nunca he sido de obsesionarme con eso, pero últimamente estoy más delgada de lo normal, y lo noto cuando me miro al espejo. Hay algo en mi reflejo que me recuerda que he estado cargando más de lo que digo.
—Leah, ya termine de poner las últimas flores —anuncia Danae entrando a la habitación.
—Gracias por la ayuda —respondo, mientras intento acomodar mi cabello frente al espejo.
—¡Te ves hermosa, Leah! —exclama con entusiasmo.
—Gracias, pequeña.
Se acerca a mí y pone un precioso broche con flores a un lado de mi cabello, dándole un toque elegante.
—¿Qué te parece? —me pregunta, orgullosa de su elección.
—Me gusta, gracias —contesto mirándome al espejo.
—Hayleen me envió un mensaje, dice que ya va para la iglesia —me informa.
—Bueno… entonces creo que es hora de irnos —suspiro, sintiendo como el peso del día se acomoda sobre mis hombros.
—Leah.
—¿Sí?
—No estás de acuerdo con esta boda ¿verdad? —me interroga con una preocupación que no intenta disimular.


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