Me pongo a recoger todo mientras los invitados de Eric se marchan, incluida su familia, que se fue molesta porque no solucioné el problema de los boletos del avión. Estoy guardando unas bandejas cuando escucho a Danae toser y de inmediato me acerco a ella.
—Ve a descansar, pequeña y no olvides tomar tu medicina.
—Leah… ¿crees que algún día pueda tener una vida normal? —pregunta con un suspiro triste.
—Danae, tienes una vida normal.
—Me refiero a hacer cosas como las que hacen mis amigos sin ahogarme.
—¿Qué cosas hacen tus amigos? —cuestiono, cruzándome de brazos.
—Ellos pueden ir a todas partes y yo no.
—Tú puedes ir a donde quieras, siempre y cuando lleves tu medicamento.
—A eso me refiero —bufa frustrada—. Si voy al centro comercial y camino demasiado, a veces me falta el aire. Y eso me desespera.
—Bueno, yo diría que eres especial. Puedes saltarte las clases de deportes sin problemas y a mí me obligaban a tomarlas aunque era pésima en todas.
—Eso sí es una ventaja —sonríe—. Tampoco me gustan los deportes.
—¿Lo ves? No todo es tan malo. Siempre hay un lado positivo.
—¿Por qué tuve que nacer prematura? —inquiere, molesta consigo misma.
—Porque querías llegar al mundo antes de tiempo para llenarnos de alegría —me acerco y la abrazo—. Nuestros padres estaban tan ilusionados con tu llegada que no quisiste esperar más.
—Siempre logras animarme, Leah. Te quiero mucho.
—Y yo a ti, mi pequeña. Ve a descansar. Mañana te sentirás mejor; hoy fue un día pesado —le doy un beso en la frente.
—Lo sé. Por cierto… ¿hablarás de nuevo con Cristian? —interroga con una sonrisa traviesa.
—Me invitó a salir mañana.
—¡Lo sabía! —exclama, emocionada—. Estaba segura de que te invitaría.
—Esperemos que todo esté bien mañana y no tenga que cancelar la cita.
Danae rueda los ojos mientras sube las escaleras.
—Yo me aseguraré de que no pase nada y puedas ir, porque para ti siempre hay algo más importante que el amor —bufa—. Al paso que vas, te vas a quedar solterona.
—No te preocupes, seré la tía consentidora.
Levanta las manos en señal de rendición.
—Hasta mañana —da por terminada la conversación.
—Descansa.
Recojo toda la basura y dejo la cafetería lo más presentable posible. Mañana me encargaré de lo que falta; ahora mismo el cansancio me pesa en cada movimiento.
Subo a mi apartamento y me quedo un momento en la entrada, observándolo todo con nostalgia. Viví momentos tan bonitos aquí. Cada mueble lo compré poco a poco con mi sueldo de asistente de maestra; aunque es un espacio pequeño, siempre lo sentí cálido y mío. Decoré las paredes con dibujos que me regalaron mis alumnos, la sala es beige con las paredes blancas… me encanta que los espacios se vean amplios y llenos de luz.
La cocina es pequeña, pero tiene lo necesario. Y la habitación… ese siempre fue mi lugar favorito. Me regalé una cama enorme y un sillón perfecto para leer durante horas. También tengo un escritorio donde preparaba mis clases. En la pequeña sala hay un sofá muy acogedor donde a Danae le encanta dormir; dice que le gusta cómo entra la luz del sol por las mañanas. Me acerco, la cubro con una manta y le doy un beso en la frente.
A veces todavía me quedo aquí, pero la mayor parte del tiempo duermo en casa de mis padres que no está muy lejos. Necesito estar pendiente de Danae… y de Hayleen, que es la que más me preocupa. No parece que tenga treinta y un años; a veces se comporta como si fuera menor que Danae. Solo espero que ahora que se casó, las cosas cambien para ella y encuentre la felicidad que tanto desea.
Me quito el maquillaje, dejo el vestido a un lado y me pongo la pijama. El sol ya empieza a asomarse, pero aun así no tardo en quedarme dormida.
—Leah —escucho la voz de Danae a lo lejos.
—Cinco minutos más —murmuro, enterrando la cara bajo la almohada.
—¡Hoy tienes una cita! —exclama con un entusiasmo que no aleja mi cansancio.
—Danae, tengo sueño… me dormí hace apenas unas horas y sigo agotada —balbuceo.
—Ya pasa del mediodía. Necesitas estar lista.
Abro los ojos y la encuentro hurgando en mi clóset con una emoción que no coincide con mi nivel de energía.
—No tienes nada de ropa aquí —me reclama.
—Ni aquí ni en la casa. Nunca salgo —me burlo—. Seguro encuentras un pantalón cómodo y una blusa.
—Estás loca si crees que vas a ir vestida como cuando atiendes la librería —suspira—. Tenemos tiempo de ir al centro comercial.
No tengo ánimos de salir. El domingo es mi único día de descanso: cerramos la librería y la cafetería, aunque a veces aprovecho para acomodar estantes antes de que lleguen los libros nuevos los lunes. Hoy también tenemos cerrado por la fiesta; había planeado relajarme un poco y desconectarme del ajetreo, pero ya veo que no será posible.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No me puedo… enamorar!