Sin embargo, no había dado ni dos pasos cuando alguien se le acercó.
—¿Lilianne? — escuchó la voz de una mujer que paseaba a su perrito por el sendero.
La reconoció enseguida.
—Susan...
A pesar de la amargura, los ojos de Lilianne se iluminaron al encontrarse con una vieja conocida.
Susan había sido su primera fisioterapeuta.
Douglas la llevó hasta Queensland junto con el médico especialista que la atendió después del accidente.
—¡No sabes cuánto me alegra verte en Sydney... y recuperada!
Susan miró el bastón caído a un lado y después a Lilianne, perfectamente firme sobre sus dos piernas.
La abrazó llena de emoción.
—Me alegra mucho que el señor Calder se decidiera a probar aquel nuevo tratamiento, aunque fuera arriesgado... – la miró con ojos suaves.
—Me habría gustado que me contratara para ayudarte. Dolió mucho, ¿verdad?
Lilianne pensó que quizá se había vuelto idiota.
Tal vez tantos golpes emocionales le habían afectado alguna parte del cerebro.
—¿De qué tratamiento me hablas? —le preguntó.
Pero, al ver que Susan fruncía el ceño, contrariada, disimuló enseguida.
—Es que probé tantos... Estábamos desesperados. No sé exactamente a cuál te refieres.
Con aquellas palabras, Susan dejó atrás sus recelos.
Y entonces Lilianne se enteró de la peor traición de todas.
No fue que Douglas le hubiera ocultado el regreso de Karla.
Tampoco que la negara como su esposa delante de todos o que la mantuviera escondida en una hacienda lejana.
No.
La peor puñalada fue descubrir que el médico le había propuesto el mismo tratamiento que ella había probado en secreto con Betsy.
Y Douglas se había negado rotundamente.
Les dijo que lo habían conversado y que ella no estaba preparada para seguir sufriendo.
Él jamás le comentó nada o hubiese aceptado enseguida.
—Nos pareció una pena. El médico le explicó que, por tu edad y el tipo de lesión, eras la candidata perfecta. Pero entiendo que no estabas muy bien psicológicamente...
Claro que no había estado bien psicológicamente.
No desde el momento en que se enamoró de aquel monstruo de corazón frío y creyó que podría cambiarlo con su amor sumiso.
—Gracias... gracias.
Lilianne se limitó a tomarle las manos y agradecérselo con un nudo en la garganta.
Susan creyó que le daba las gracias por el tiempo que había pasado atendiéndola.
No sospechó que Lily le agradecía por haberle abierto los ojos de una vez y para siempre.
Lilianne volvió a quedarse sola en aquel banco frente al lago, bajo el sol, mientras la tarde avanzaba.
No lloró más. Ya no quería explicaciones. Ni más mentiras.
Se separaría de Douglas como fuera, aunque algo le decía que no sería tan sencillo.
Ahora temía lo que él pudiera hacerle.
Un hombre capaz de casarse con ella por culpa y mantenerla discapacitada para impedir que lo siguiera a su vida perfecta en Sydney, era capaz de cualquier cosa.
Douglas quería pagarle el hecho de haberlo salvado manteniéndola como un ave herida dentro de una jaula de oro.
—Te odio. Te odio tanto... —masculló con el corazón roto en mil pedazos.
Una lágrima solitaria escapó de uno de sus ojos, llenos de desesperación.
Tenía que escapar de las garras de Douglas Calder.
Ahora era ella quien no lo obligaría a cumplir sus promesas.
Y tenía que hacerlo con inteligencia.
Douglas podía creer que ella armaría un escándalo, destruyendo su imagen de magnate confiable, y volver a encerrarla.
Esta vez en un lugar del que no pudiera salir con tanta facilidad.
No se lo permitiría.
Nunca más sería su caso de caridad.

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