Dicho esto, ella se adelantó y salió del estudio.
Noel regresó al escritorio, abrió el cajón y sacó la fotografía.
La contempló durante unos segundos antes de volver a guardarla entre las páginas del libro.
Isaac sabía que Noel tenía la costumbre de bañarse todos los días, así que, cuando lo vio entrar a la habitación, lo siguió de cerca.
—Joven amo, por las heridas no es prudente que se dé un baño completo hoy. Si quiere, le traigo agua para limpiarlo un poco.
Noel asintió.
Si no se refrescaba, probablemente no lograría conciliar el sueño.
Nanette, que entró justo después, vio a Isaac preparándose con una toalla y un recipiente de agua caliente en el baño.
—¿Lo vas a asear? —preguntó ella.
—Sí, el joven amo acostumbra bañarse a diario. Hoy solo podré pasarle una toalla húmeda.
Nanette se detuvo en el umbral de la puerta.
—Entonces esperaré afuera.
A Isaac se le encendió el foco.
—Diosa, ¿por qué no lo hace usted?
Nanette se quedó pasmada.
—¿Cómo crees? Somos un hombre y una mujer, no es apropiado.
—¡A estas alturas qué importan los límites! —insistió Isaac—. Si estuviéramos en un campo de batalla, ¿acaso las enfermeras no curarían a los soldados heridos?
¿Acaso era lo mismo?
Isaac no le dio tregua.
—Yo soy muy tosco, siempre se me pasa la mano y de verdad me aterra lastimar al joven amo. Por favor, Diosa, hágame este favor. No me atrevo, me duele más a mí verlo sufrir que si la herida la tuviera yo.
Nanette dudó un buen rato, pero finalmente accedió.
Después de todo, Noel había recibido esa brutal paliza por culpa de ella.
¿Qué le costaba pasarle una toalla húmeda?
Solo tenía que imaginarse que era su enfermera.
Con esa mentalidad, Nanette llevó el recipiente con agua caliente hasta el borde de la cama.
Noel, que ya había comenzado a desabotonarse la camisa, detuvo sus manos al instante.
—¿Dónde está Isaac?
Antes de que Nanette pudiera responder, la voz estridente de Isaac resonó desde el otro lado de la puerta entreabierta.
—¡Joven amo, mejor deje que mi Diosa lo asee! Ya sabe que yo soy un bruto. ¡Me voy a mi cuarto! ¡Diosa, si me necesita, grite!
—¡Isaac, regresa...! —exclamó Noel, alterado.
¡Pum!
La puerta se cerró de golpe.
Isaac había huido.

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