Se decía que los dueños originales de esa propiedad eran descendientes de la antigua nobleza y fueron los primeros magnates de San Lirio.
Más tarde, compraron esos terrenos y pasaron años construyendo esa mansión.
Su nivel de lujo era comparable al de un palacio moderno.
Cuando Nanette bajó del auto, vio a un hombre con el cabello medio canoso caminando hacia ella.
—Bienvenida, Srta. Larco.
Nanette asintió con cortesía.
—¿Cómo debo dirigirme a usted?
—Puede llamarme Ulises.
—No me atrevería, lo llamaré señor Ulises.
Ulises esbozó una ligera sonrisa.
—Es muy amable. Por favor, pase, Srta. Larco.
Nanette asintió nuevamente y lo siguió hacia el interior.
Para ser la primera vez que se veían, la impresión que Nanette dejó en Ulises fue bastante buena.
No era altiva ni sumisa, se mostraba serena, elegante y con un excelente sentido de los modales. Era evidente que era una mujer con un gran potencial.
Frente a los inmensos ventanales de la sala, se encontraba un hombre de espaldas, cuya sola postura imponía un aura de autoridad inaccesible.
Nanette supuso que se trataba de Don Joaquín.
—Señor, la Srta. Larco ha llegado —anunció Ulises.
Joaquín se dio la vuelta con una sonrisa en el rostro.
—Srta. Larco, bienvenida a nuestra humilde morada.
Nanette hizo una leve reverencia.
—Don Joaquín, lamento la intrusión.
Joaquín señaló hacia los sofás.
—Tome asiento, por favor.
Nanette se acercó, esperando a que Joaquín se sentara primero antes de acomodarse ella.
Pronto, el personal de servicio trajo té y unos bocadillos.
Los postres tenían una presentación exquisita y parecían deliciosos, pero no eran los típicos de San Lirio.

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