—Tengo entendido que el presidente Godoy de Faro Tecnológico es su exesposo, ¿verdad?
Nanette respondió con total tranquilidad:
—Así es.
Las comisuras de los labios del hombre se elevaron un milímetro. Parecía estar sonriendo, aunque el gesto apenas era perceptible.
—Esposos en el pasado, rivales en el presente. Qué interesante.
Como no lograba descifrar las intenciones de ese hombre, ella prefirió guardar silencio.
—¿No tiene miedo de que la esté engañando?
Nanette sonrió.
—Incluso si lo estuviera haciendo, vale la pena arriesgarse por una oportunidad como esta. ¿Quién sabe? Tal vez termine ganando la apuesta.
Sus miradas se cruzaron y, por un instante, una extraña tensión inundó el ambiente.
Era un hombre imposible de leer.
A simple vista parecía alguien complicado, y la realidad confirmaba esa sospecha; cuando achinaba esos ojos penetrantes, dejaba escapar un aura de peligro latente.
Pero, siendo sinceros, con esa presencia dominante y ese atractivo, era obvio que volvía locas a las mujeres.
Adrián apartó la mirada y le entregó una elegante tarjeta de presentación.
—Esta es mi tarjeta. Puede contactarme cuando lo necesite.
Ella la recibió con un asentimiento.
—De acuerdo. No le quito más tiempo, presidente Zamora. Nos vemos mañana.
—Hasta mañana.
Apenas llegó a la puerta, escuchó un gran alboroto afuera.
Enseguida, la puerta se abrió de golpe.
El gerente Rodrigo irrumpió en la oficina.
Para un hombre de poco más de cuarenta años, perder un puesto de trabajo tan cotizado de la noche a la mañana era un golpe durísimo.
Por eso, le importó un bledo la etiqueta y entró como un huracán:
—¡Presidente Zamora! ¡¿Por qué me despide?! ¡Me he roto la espalda por esta compañía durante años! ¡¿Cómo me va a echar así sin más?! ¡¿Con qué derecho?!
Adrián ni siquiera se dignó a mirarlo. Sus ojos se fijaron en la espalda de Nanette.
—Señorita Larco.
Ella detuvo el paso, retrocedió y se dio la vuelta para encararlo.
—Presidente Zamora.

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