Tras una breve pausa, continuó:
—En cuanto a si tienes o no información de mi padre biológico, ya no me interesa. No voy a permitir que uses eso para intentar controlarme.
—Tú no tienes ningún derecho a imponerme condiciones ni a jugar con mi vida.
Dicho eso, Nanette apartó su mirada cargada de desprecio y se dio la media vuelta para irse sin mirar atrás.
Eloísa, hirviendo de coraje, se levantó de un salto y gritó:
—¡No seas malagradecida! Galileo es un presidente de primer nivel, ¡y se ha humillado por ti! ¿Cómo te atreves a darte aires de grandeza?
De pronto, Nanette se detuvo al darse cuenta de algo.
—Hazme un favor y mándale un recado a Galileo de mi parte. Aparte de lo que acabo de decirte, dile lo siguiente: No es que Nanette Larco no sea suficiente para él; es que él no me llega ni a los talones. Fui una ciega necesitada de amor cuando acepté casarme con él.
—Si pudiera retroceder en el tiempo, te juro por mi vida que jamás cometería el mismo error.
—Así que, dile que lo entierre y se olvide de mí de una maldita vez.
Eloísa salió corriendo tras ella.
—Hija...
—¡No me llames así! —estalló Nanette, alzando la voz con rabia desbordada—. ¡Me das asco! ¡Todos ustedes me causan repugnancia!
—¿Dónde estaban cuando de verdad los necesitaba? ¡Fuiste tú, Eloísa, quien me echó a la calle como a un perro cuando la familia Godoy me dio la espalda!
—Fue Galileo Godoy quien se encargó de hacerme vivir un infierno durante los últimos tres años.
Con los ojos inyectados en sangre, Nanette habló con la voz temblorosa:
—Ustedes fueron unos carniceros, me destrozaron en vida, pedazo por pedazo, ¿y ahora vienen con esa sonrisa de plástico a fingir que están arrepentidos y que quieren compensarme?
—¡Ja! Aunque fuera cierto, no necesito sus miserables disculpas. Así que, lárguense de mi vida. Si se van a morir, háganlo bien lejos, ¡porque no quiero ensuciarme la vista con ustedes!
Aquellas palabras golpearon tan fuerte a Eloísa que levantó la mano, lista para cachetearla.
Pero Nanette fue más rápida, le agarró la muñeca en el aire y la empujó hacia atrás con fuerza.
Eloísa estuvo a punto de irse de bruces al suelo y, perdiendo por completo los papeles, le gritó:
—¡Ya no tienes a nadie, Nanette! ¡Estás sola en este mundo! ¡Sin nosotros, no eres más que un alma en pena!

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