El rostro de Galileo estaba completamente desfigurado por el desprecio.
Claro que lo había escuchado.
Palabra por palabra.
«¿Ni en esta, ni en la próxima, ni en ninguna otra vida volverá a estar conmigo?»
«¿Aunque fuera el último hombre sobre la faz de la tierra, ni siquiera me miraría? ¿Qué yo no le llego ni a los talones...?»
¡Ja!
«Nanette, sí que tienes el corazón de hielo».
***
Al llegar, Nanette le había dicho a Iris que fuera a cenar algo y que pasara a buscarla más tarde.
Pero ahora mismo, no soportaba la idea de encerrarse en un auto.
Necesitaba caminar, sentir el aire fresco de la noche, intentar respirar.
Sentía como si el pecho le fuera a estallar y su cabeza era un enjambre de confusión.
Por un momento, casi olvidó dónde estaba y la escena que acababa de vivir.
Pero las venenosas palabras de Eloísa martillaban en su mente sin piedad: «Tu padre biológico hace mucho que está muerto».
Félix Larco estaba a punto de meter el coche a la privada cuando vio la figura destrozada de Nanette caminando sin rumbo.
Fiel a sus impulsos, frenó de golpe, se bajó y corrió detrás de ella.
—¡Nanette! ¿Qué haces por aquí?
Dicen que el amor se contagia hacia todo lo que rodea a esa persona, pero seguramente lo mismo aplica para el odio.
En ese instante, ver el rostro de aquel muchacho, tan idéntico al de Eloísa, solo sirvió para avivar la llama de su furia.
—Lárgate.
Pero Félix, terco como de costumbre, la siguió.
—Nanette, ¿qué tienes? Estás pálida, pareces enferma. ¿Venías a la casa? Tú...
—¡Que te largues! —estalló Nanette perdiendo todo el control—. ¡Lárgate de una puta vez! ¡Vete!
Félix se quedó petrificado; nunca la había visto tan histérica.
Se quedó ahí, paralizado, viéndola perderse en la oscuridad.
Cuando por fin reaccionó, quiso alcanzarla, pero sintió miedo.
La imagen de Nanette fuera de sí era aterradora.
Nada que ver con la chica sumisa que solía bajar la cabeza y aguantarlo todo cuando vivía con la familia Larco.
En las calles concurridas, la vida seguía su curso.
La gente iba y venía; los autos pasaban a toda velocidad.
Nanette se quedó parada en medio del cruce peatonal, con la mirada vacía, sin saber hacia dónde dar el siguiente paso.
Quería, necesitaba encontrar a alguien a quien desahogarse.
Pero ¿a quién?
Camila Mancilla, su hermana de la vida, se había convertido en una completa extraña.
Venancio Lenso, su gran amigo, lidiaba con sus propios demonios y no tenía cabeza para más.
Gael, a quien quería como a su hermano, estaba a miles de kilómetros de distancia.
Y en cuanto a *él*... simplemente no tenía derecho a irrumpir más en su vida.
—Oye, Irene, ¿tengo algo en el ojo o esa de allá se parece a la exesposa de Galileo?
Sandra Soto señaló a la persona que estaba sentada en la banca de la parada del autobús mientras se dirigía a Irene Mera.

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