—Nanette.
Al escuchar esa voz, Nanette sintió una punzada de irritación.
Ella no era la protagonista de la noche, ¿por qué sentía que todo giraba en torno a ella?
Jovita levantó el bajo de su vestido y trotó hacia ella.
—Nanette, llevo un buen rato buscándote.
Nanette se sentía exhausta, pero logró esbozar una sonrisa forzada.
—¿Se te ofrece algo?
Jovita le tomó la mano.
—Perdóname, Nanette.
Nanette se quedó perpleja por un instante.
—¿Por qué te disculpas tan de repente?
—La única razón por la que te llevé a conocer a mis papás fue porque quería presentarles a mi buena hermana. Te juro que no tenía malas intenciones, pero sin darme cuenta te lastimé. Por eso vine especialmente a pedirte perdón.
Nanette no terminaba de entender a dónde quería llegar.
Jovita continuó:
—Sé que el amor de unos padres es un tema sensible para ti. No debí hacer que nos vieras tan felices como familia, seguramente eso te dolió mucho.
El pecho de Nanette se oprimió bruscamente.
Ese momento de dolor ya casi lo había olvidado.
Mencionarlo de nuevo era como echarle sal a la herida.
—Nanette, no me digas que sigues enojada conmigo.
Nanette forzó una sonrisa de labios cerrados.
—No.
—¡Qué alivio! —Jovita se dio unas palmaditas en el pecho—. No tienes idea del coraje que me hizo pasar Noel por esto.
Nanette parpadeó, sorprendida.
—¿El señor Cortés?

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