Si Marcelo no hubiera estado ocupado estos meses con los asuntos de Julián Echeverría y el parto de Mónica, Isidora ya habría movido los hilos para emparentar con la familia Castañeda.
Mariela también lo sabía.
Estrella arqueó una ceja.
—Cuando tengas el estatus para darme esa advertencia, hablamos. Pero ahora… —hizo una pausa llena de burla, viendo cómo el rostro de Mariela se ponía cada vez más pálido, y añadió—: Ahora no eres nadie. Pareces una payasa.
—¡Estrella, eres una descarada!
Al escuchar lo de «payasa», Mariela estalló.
El elevador llegó a la planta baja y había gente esperando para entrar. En cuanto se abrieron las puertas, Mariela salió furiosa.
«Maldita Estrella, ¿cuándo se volvió tan afilada su lengua?».
En el estacionamiento subterráneo.
Malcolm empujó a Estrella fuera del elevador. Ella parecía estar de buen humor.
—El señor Castañeda no se fijaría en alguien como Mariela, ¿verdad? —comentó Malcolm.
—Eso no tiene nada que ver con nosotros —respondió Estrella con una sonrisa.
Estaba agradecida de que Marcelo la hubiera ayudado con el asunto de Mónica, pero no juzgaba su vida personal.
El celular de Malcolm recibió un mensaje. Lo revisó y le dijo a Estrella:
—Mónica acaba de ir a buscar a la señora Yolanda, pero dudo que ella tenga tiempo para atenderla ahora.
—Es justo que no tenga tiempo.
Antes siempre andaba presumiendo porque tenía una madre en quien apoyarse. ¿Y ahora? Ja…
—Aumenta la presión sobre Mónica también.
—Entendido —asintió Malcolm.
Llegaron a donde estaba estacionado el auto.
Justo cuando Estrella iba a subir, una docena de guardaespaldas aparecieron de la nada y rodearon el vehículo.
Estrella reconoció al líder; era uno de los hombres que solía acompañar a Alonso a las conferencias importantes.
El rostro de Malcolm se oscureció y su mano fue directo a la cintura, buscando su arma.
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