—Estrella, vamos a llevar la fiesta en paz, ¿sí? Admito que me equivoqué antes, ¿está bien?
En la quietud del ambiente, Alonso intentaba persuadirla con una ternura extrema.
Antes siempre funcionaba así; cada vez que Estrella se enojaba mucho, él la mimaba con esa voz suave.
Y en aquel entonces, bastaba con que él la arrullara un poco para que ella cediera.
Pero esta vez...
—¡Ni en sueños! —espetó Estrella.
Alonso se quedó mudo.
«Ni en sueños»... ¿Tanto rencor guardaba?
—Aunque no quieras, tenemos que seguir. Ya arreglé lo de Mónica, ¿de acuerdo?
Quería decirle que no volvería a irse por culpa de Mónica.
Sin embargo, apenas terminó de hablar, sonó una llamada relacionada con Mónica.
Alonso sacó su celular, vio el número y notó que era ella.
Su expresión cambió y colgó de inmediato.
—¿Seguro que no contestas? —dijo Estrella con sarcasmo—. Con todo el drama que hace, ¿no se le habrá abierto la herida? ¿Seguro que quieres que siga haciendo berrinche?
—Si se le abre un par de veces más, tal vez se le acabe la vida de tanto teatro.
Hay que reconocer que Mónica sabía cómo armar un escándalo.
Lo que probablemente no esperaba era que, mientras ella se esforzaba por robarse a Alonso, Estrella se esforzaba, y con mucho éxito, por arruinarle la reputación.
Mónica no había logrado quedarse con el hombre.
Pero Estrella sí había logrado destruir su imagen y la de su orgullosa madre.
Apenas colgó, entró la llamada de Mariela...
Alonso miró el número.
Su rostro mostraba una impaciencia evidente.
—Contesta —insistió Estrella—. Ayer Mónica casi pierde la vida, si no contestas, capaz que hoy se muere de verdad.
—«Tu hermano murió, tienes que cuidarla, tienes que cuidar a sus hijos».
Estrella imitó el tono que solían usar en la mansión para sermonear a Alonso.
En ese momento, Alonso parecía a punto de explotar.
Finalmente, contestó el teléfono delante de Estrella.

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