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¡No te metas con la Cenicienta! romance Capítulo 149

Alonso y Estrella se fueron.

En el hospital quedó un rastro de gente indignada. Isidora sentía un nudo en el pecho y Mariela estaba furiosa.

Después de que Alonso se fue, ella no paró de quejarse.

—No sé qué le pasa a mi hermano, ¿no se suponía que le gustaban las mujeres dóciles?

Era exasperante.

Si de docilidad se trataba, Estrella nunca había parecido muy sumisa. Si lo fuera, no habría convencido a Alonso de irse a vivir fuera.

Ni habría ocupado la Mansión Arsenio, que era una propiedad tan buena.

Isidora estaba harta. Escuchar a Mariela criticar a Estrella solo la enfurecía más.

—¡Ya, cállate!

—Es que me da rabia, mi cuñada es mucho mejor.

Hablando de Mónica, ella había ido a ver a Yolanda.

Al recordar que Yolanda también había terminado en el hospital por culpa de Estrella, Isidora se molestó más.

Había pensado que con el regreso de Yolanda del extranjero, pondrían a Estrella en su lugar.

¡Y mira lo que pasó! ¡Qué humillación!

No solo no le hicieron nada a Estrella, sino que ellas acabaron derrotadas.

...

En la habitación de Yolanda.

Al ver que Serrano no había traído a Estrella, su rostro, ya lleno de moretones, se oscureció más.

—¿Qué pasó? ¿No te dije que la invitaras a venir?

Invitar. ¡Dijo invitar!

Hay que recordar que Yolanda, salvo con sus socios más importantes, jamás usaba la palabra «invitar» con nadie.

Esta vez, no tenía opción.

Le dijo a Serrano que hablara bien con Estrella, ¿y ni así la trajo?

—La señorita Robles no quiere verla, y su actitud no es buena —explicó Serrano.

—Aunque sea mala, tenías que traerla a mi habitación.

—Se negó a venir sin importar lo que dijera —Serrano estaba resignado.

Yolanda sintió que se asfixiaba.

Si no veía a Estrella, ¿qué iban a hacer?

Pero ya que Estrella se ponía tan brava, no tenía caso seguir perdiendo el tiempo con ella.

—¿Qué sugiere? —preguntó Serrano.

—Prepara todo, voy a ir a Inglaterra.

—¿Ahora? Pero usted... —Serrano no terminó la frase.

Viendo que Yolanda apenas podía moverse, era obvio que no estaba en condiciones de viajar.

Pero Yolanda no podía esperar.

—Si no puedo moverme, ¡usa una silla de ruedas!

Las cosas se estaban saliendo de control. Si no iba personalmente a Inglaterra, los problemas serían peores después.

Así que, aunque debería estar descansando, no podía quedarse quieta.

Mónica, al escuchar que su madre se iba:

—¿No hay otra solución?

—¿Solución? Has sido su concuña todos estos años, ¿no sabes qué clase de basura es?

El tono de Yolanda destilaba desprecio.

—Una gata igualada que se cree gran señora solo porque dio el braguetazo. De verdad cree que puede darnos órdenes.

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