Estrella recordaba vagamente el sonido de una vibración, de esas que te taladran el cerebro aunque estés dormida.
Al parecer, había despertado a Violeta de una patada, se dio la vuelta y siguió durmiendo, totalmente desconectada de la realidad.
Violeta bostezó:
—Me muero de sueño. Alonso es un imbécil.
—¿Él llamó?
—¿Pues quién más? Como supo que ayer no entraste a los separos, estuvo friegue y friegue preguntando dónde estabas.
Estrella guardó silencio.
¿Preguntando dónde estaba?
Y como no obtuvo respuesta, seguro le echó la culpa a Marcelo, ¿no?
Él era así, ja...
Estrella tomó su celular y vio un montón de llamadas perdidas de números desconocidos.
Empezaron a la una de la madrugada y siguieron hasta hacía media hora.
Seguramente todos eran de Alonso.
Mientras pensaba en eso, entró una llamada de Daniel. Estrella contestó:
—Bueno.
—Soy yo.
La voz de Alonso sonó al otro lado.
Estrella hizo una mueca.
Torció la boca y estuvo a punto de colgar.
Pero antes de que pudiera alejar el celular de su oído, Alonso habló con voz ronca:
—¿Dónde estás?
Su voz no solo sonaba ronca, sino agotada.
—No estoy en el reclusorio, y no necesito que vengas a rescatarme —dijo ella.
Su tono era tranquilo.
Tan tranquilo que parecía que la actitud de él el día anterior no le importaba en lo más mínimo.
Y fue esa calma la que hizo que Alonso sintiera un vacío en el estómago.
—Yo...
—No te corresponde a ti juzgar si lo que hago está bien o mal, y mucho menos decidir si debo sufrir las consecuencias o no.
Alonso se quedó callado.
Al escuchar esas palabras, sintió una opresión en el pecho.
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