El beso fue agresivo y descendió con fuerza.
Estrella trataba de esquivarlo continuamente, pero entre más se movía, más dominante se volvía Alonso.
Su sabor lo fascinaba, y le hacía perder el control...
Justo cuando Alonso estaba a punto de perder los estribos por completo, el mayordomo entró corriendo apresuradamente.
—¡Señor!
Al ver la escena ante sus ojos, el mayordomo dio un respingo del susto y se giró de inmediato para darles la espalda.
Interrumpido, Alonso mostró un rostro lleno de furia sombría.
—¡Lárgate!
—Pero ha llegado mucha gente afuera, son ingleses —el mayordomo también quería largarse.
Pero al ver que afuera había, por lo menos, unas cincuenta personas, no tuvo más remedio que arriesgarse a informar.
Al escuchar que habían llegado muchos ingleses, Alonso se detuvo por completo.
Con el rostro ensombrecido, se apartó de Estrella.
Estrella se incorporó en el sofá, levantó la mano y le propinó otra cachetada en el rostro a Alonso.
La expresión de Alonso se volvió terriblemente pesada al recibir el golpe.
La miró y, una vez más, la agarró de la muñeca.
—¿Cuántas cachetadas van hoy?
Estrella intentó retirar su mano, ¡pero no pudo moverla!
—Podrías elegir no ser golpeado.
Al ver su actitud feroz, Alonso soltó una carcajada.
—Si mi mujer quiere pegar, que pegue. Ya hasta me diste veneno, ¿qué son dos cachetadas?
Diciendo esto, soltó a Estrella.
—¡Eres un loco! —espetó Estrella.
No podía ni proteger a su propia esposa, pero quería atarla a su lado con métodos de psicópata.
«¡Sinvergüenza!»
—Qué bueno que sepas que soy un sinvergüenza, ¿eh? —replicó Alonso.
—......
Alonso lanzó una mirada al mayordomo; este sintió que el corazón le temblaba ante semejante frialdad.

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