Debido a que el Grupo Harrington no dejaba de devorar los proyectos del Grupo Echeverría en el extranjero, Alonso estaba ahora con el agua al cuello.
¡Había pasado toda la noche en una junta con los altos ejecutivos que gestionaban las operaciones internacionales!
Ni siquiera había salido de trabajar cuando ya era hora de empezar el turno de nuevo...
Diego, que lo había acompañado toda la noche, también estaba muerto de cansancio. Le pidió a Belén que preparara una taza de café para Alonso y la llevara a la oficina.
Al ver a Diego tan agotado, Belén comentó:
—¡No manches! ¿Pues cómo ofendió la empresa al Grupo Harrington?
Que la mandaran a ella a llevar el café era casi como una sentencia de muerte.
Al pensar en el ambiente tan tenso que se respiraba en la empresa estos días, le daban ganas de decirle a su padre: «¿Sabes qué? Ya no quiero agarrar experiencia, ¿ok?».
De verdad, ir a trabajar así hacía que se le pusiera la piel de gallina...
Diego miró a Belén:
—Con esa boca que tienes, el día que Recursos Humanos te corra no vas a saber ni por qué. ¡Mejora esa actitud!
Al escuchar lo de «mejorar la actitud», Belén hizo un puchero de inconformidad.
¿Cuál actitud?
¿Acaso el jefe no venía también a trabajar con sus emociones cruzadas?
Además... ella desearía que Recursos Humanos la despidiera de una vez; así tendría una excusa legítima para decirle a su viejo por qué ya no trabaja.
¡Trabajar en estos tiempos era una verdadera friega!
Belén, refunfuñando por lo bajo, preparó el café y se lo llevó a Alonso.
Al entrar, se encontró con que Alonso estaba al teléfono, con la cara negra de coraje y un aura tan hostil que daba miedo...
Belén dejó el café rápidamente y se echó a correr.
Tenía pavor de que en cualquier segundo el fuego cruzado la alcanzara a ella.
Si lo pensaba bien, el jefe también era digno de lástima últimamente: la esposa haciendo berrinche, ¡y el Grupo Harrington atacándolo sin piedad!
Estaba, literalmente, entre la espada y la pared...
Belén salió.
Alonso se quedó solo, con el ceño profundamente fruncido.
—¿Trajo a casi veinte personas?
—¡Regresa ahorita mismo y sácala de aquí, no quiero verla! —gritó Isidora al otro lado de la línea.
Sin embargo, al escuchar que Estrella se había mudado de vuelta a la mansión, a Alonso le empezó a doler aún más la cabeza.
Ella también, qué afán...
¿No estaba viviendo muy feliz allá en su otra casa?
Alonso miró la hora en su reloj de muñeca.
—¡Vamos!
Al final, tuvo que frenar su regreso a la Mansión Echeverría y dirigirse directamente a la sala de juntas.
***
Mientras tanto, en la Mansión Echeverría.
El lugar estaba que ardía. En cuanto Estrella entró, se sentó directamente en el sofá.
Sostenía un libro en la mano, con todo el porte de la dueña de la casa...
Esa actitud relajada y despreocupada era lo que hacía que a Isidora le doliera hasta el hígado del coraje.
Malcolm estaba de pie detrás de ella.
¡Los empleados que trajo eran todos ingleses!
En ese momento, dos personas subieron a prepararle la habitación. Estrella solo les dio una instrucción:
—Quiero la habitación más grande, y también prepárenme un despacho, que sea también el más grande.
—Entendido.
Ambos asintieron con respeto.

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