En ese momento, cuando ella se quedara sin nadie que la respaldara, ¿qué sería de ella?
Lo único que Isidora quería ahora era que Mariela le arrebatara a Marcelo cuanto antes para poder sacarse esa espina clavada en el pecho.
—Pero, ¿cómo voy a conquistarlo ahora? —se quejó Mariela.
—¡Piensa en algo! ¿No habíamos dicho que tenías que aprender de Estrella?
Cuando Mónica sugirió eso antes, Isidora lo había despreciado.
Pensaba que la hija que ella había criado jamás debería rebajarse a usar los trucos baratos de Estrella.
Pero ahora ya no le importaba nada.
Solo quería que Mariela le quitara a Marcelo para dejar a Estrella completamente desamparada.
—Pues sí, pero... —Mariela se sentía llena de frustración.
Isidora volvió a apretar los dientes.
—Yo también pensaré en algo. Trataré de ver otra vez a los ancianos de la familia Castañeda.
Era inaudito que la última vez le hubieran cerrado la puerta en la cara.
Esos viejos de la familia Castañeda probablemente no sabían que Marcelo y Estrella estaban enredados, ¿verdad?
Si lo supieran, no creía que pudieran mantener esa calma.
Cuanto más lo pensaba, más le hervía la sangre.
—Y esa Estrella, ¿qué método usó exactamente? —preguntó Mariela a regañadientes.
Lo dijo sin ganas, pero realmente no entendía qué había hecho Estrella para tener a Marcelo tan enganchado.
Incluso al punto de que él no le importara romper la amistad que tenía con su mejor amigo Alonso.
Isidora y Mónica se quedaron en silencio.
A decir verdad, ellas tampoco tenían ni idea de qué artes había usado Estrella.
—Yo me encargaré de pensar en una solución —dijo Mónica con voz ahogada.
Ella también deseaba que Estrella perdiera ese respaldo definitivamente.
Parecía que tendría que esforzarse más. Con la actitud que Estrella tenía ahora, no podían dejar que esto se alargara mucho tiempo.
Mariela murmuró un «mjm».
—De ahora en adelante, hazle caso a Mónica en todo. Lo que ella diga, tú lo haces —ordenó Isidora.
Las tres nunca habían estado tan unidas como ahora.
¿Ni siquiera pudiste usar las tarjetas de crédito?
Esa maldita Estrella...
—Yo no traigo efectivo —dijo Isidora mirando a Mónica.
Mónica negó con la cabeza.
—¡Yo tampoco!
Ninguna traía billetes.
No hacía falta ser adivino para saber que los celulares de Isidora y Mónica también estaban bloqueados. Seguramente todas tenían las cuentas congeladas.
¡En ese instante, casi se desmayan del coraje!
Entonces, ¿no tenían más opción que regresar y depender de la caridad arrogante de Estrella?
—¿Qué vamos a hacer ahora? ¿De verdad tenemos que volver a comer esas cochinadas? —preguntó Mariela.
Al recordar lo que Estrella les había servido en la mañana, que parecía comida para cerdos, se le revolvió el estómago. Solo de pensarlo le daban náuseas.
—¿Y qué más quieres hacer? ¡Dime tú qué hacemos! —respondió Isidora con la mandíbula tensa.
Estrella las había orillado a tal punto que ahora estaba más decidida que nunca a que Mariela le robara a Marcelo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!