Como Martín le había dicho que el niño aún les servía, Mónica estaba histérica. Ella conocía el carácter de Martín; si el niño moría, él podría perder la cabeza y hacer cualquier locura. Si eso pasaba, la posición de Mónica tanto en la familia Echeverría como con los Galindo quedaría destrozada.
Hasta que el plan de Martín no se completara, el niño no podía sufrir ningún daño. Tenía que llegar al hospital ya.
Sin embargo, Estrella simplemente se levantó y dio media vuelta para subir las escaleras.
—¡Estrella! —gritó Mónica.
Estrella se detuvo y la miró por encima del hombro.
—¿Hasta cuándo vas a seguir con tu teatrito?
Mónica enmudeció.
Desde el piso de arriba, Isidora miraba la escena a través del barandal, con Mariela convulsionándose levemente a su lado.
—¡Mariela, Mariela! —gritaba Isidora desesperada.
Mónica, al escuchar la pregunta directa de Estrella, comprendió de golpe. Estrella no solo la estaba torturando; la estaba obligando a confesar sus crímenes. Pero eso era algo que jamás podría admitir.
—Por cierto —siguió Estrella—, ¿por qué no te ha dado un ataque? Ante una situación así, deberías estar volviéndote loca, ¿no? Se supone que estás enferma de los nervios.
Ni Mónica ni Isidora dijeron nada.
Mónica nunca había enfrentado a alguien que la arrinconara de esa manera. Sentía que Estrella la estaba empujando al borde de la locura real. Temblaba entera, ya no sabía si de rabia o de miedo ante la franqueza brutal de su enemiga.
Al no recibir respuesta, Estrella soltó una risa burlona y reanudó su camino escaleras arriba.
—¡Necesito un coche! ¡No puedes hacer esto! —gritó Mónica, más desesperada que nunca.
—Hierba mala nunca muere —remató Estrella, liberando su tobillo del agarre de Isidora con un tirón brusco.
Isidora sintió un vacío en el estómago. Esas palabras... le sonaban demasiado familiares.
Era lo mismo que ella había dicho fuera de la habitación de Estrella, hablando con una empleada. Fue tres días después de que Estrella perdiera al bebé. Alonso estaba en la oficina. La empleada de la mansión Arsenio, al ver a Estrella delirando de fiebre, quiso llamar a Alonso para llevarla al hospital. Isidora, que casualmente estaba ahí, la detuvo.
Frente a la puerta de Estrella, había soltado esa frase: «¿Para qué hospital? Hierba mala nunca muere».
Pero Estrella estaba inconsciente por la fiebre en ese momento... ¿cómo podía saberlo?
Estrella sonrió con malicia.
—¿Querías llamarme cruel? ¿Por qué no haces memoria? ¿A que te suena conocida la frase?

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