Mónica no tenía depresión, pero Alonso sentía que a él sí le iba a dar una. Diego entró con una carpeta y cara de velorio.
Al ver esa expresión, a Alonso se le revolvió el estómago.
—¿Otra vez problemas?
Todo el Grupo Echeverría estaba en pánico; los rumores de quiebra corrían por los pasillos. Y cuando Diego ponía esa cara, seguro no eran buenas noticias.
Diego suspiró pesadamente.
—¿Es el Grupo Harrington otra vez? —preguntó Alonso.
—Sí.
Llevaban noches enteras trabajando horas extra por culpa de los ataques comerciales de Harrington. Todos los departamentos estaban hartos.
Al escuchar el nombre, la mirada de Alonso se oscureció. Dio una calada profunda a su cigarro.
—Un vicepresidente de Harrington viene a Nueva Cartavia —informó Diego.
—¿Quién?
La noticia puso a Alonso en alerta máxima.
—Brandon Hill.
Brandon... En la mente de Alonso apareció la imagen de un rostro atractivo, casi andrógino. Ese hombre había sido bailarín antes de entrar a los negocios, pero tenía un cerebro privilegiado. El Grupo Harrington lo había descubierto y reclutado. Aunque ya pasaba de los cincuenta, se conservaba impecable. Un hombre demasiado guapo para su edad.
Alonso entrecerró los ojos.
—Tal vez hay un malentendido —sugirió Diego con cautela—. La señora no se metería con un hombre casado.
Diego pensaba que, incluso si Estrella eligiera a Marcelo, jamás caería tan bajo como para estar con Brandon. Además, el Grupo Harrington ya los tenía en la mira; si Alonso atacaba a Brandon personalmente, podría desatar una guerra total.
—¿Ah, no? ¡Es capaz de eso y más!
Al pensar en Estrella entrando y saliendo con Marcelo, y luego ver los ataques de Harrington, la conclusión era obvia: Marcelo la había «cedido» a algún alto ejecutivo. Y con la llegada de Brandon, las piezas encajaban. Alonso estaba convencido.
Cerró los ojos.
—Marcelo... te luciste.
Sin Marcelo, Estrella jamás habría tenido acceso a alguien del nivel de Harrington. Pero con él como intermediario, todo era posible. Marcelo siempre había tenido tratos con ellos.

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