La respiración de Alonso se volvió irregular una vez más.
Por su mente pasó el recuerdo de aquel medio año tras la muerte de Julián, cuando él iba y venía constantemente de la Mansión Echeverría.
En ese momento crítico, Marcelo Castañeda le había dicho más de una vez: «Mónica Galindo es una adulta, no necesita que te desvivas cuidándola. ¡Deberías priorizar tu propio hogar!».
También le dijo: «Mónica es tu cuñada, mantén tu distancia con ella. ¡No lastimes a Estrella!».
Al final, incluso fue directo: «Si sigues con esa relación tan ambigua con Mónica y lastimas a Estrella, ella terminará dejándote».
E incluso cuando Estrella pidió el divorcio…
Él le dijo: «¡Divórciense!».
Alonso siempre pensó que esas palabras eran consejos de un hermano que buscaba lo mejor para él.
Ahora por fin le caía el veinte… todo ese tiempo Marcelo no le daba consejos, estaba cubriéndole la espalda a Estrella.
Recordó todas las veces que Yolanda Galindo se la quiso comer viva a Estrella, y cómo Marcelo siempre aparecía al mero final para sacarla del hoyo.
Alonso soltó una risa llena de sarcasmo.
—¿Cómo podría tener derecho a hablarte de hermandad? ¿Qué clase de hermano soy para ti?
Si realmente fueran hermanos…
¿Habrían llegado a este punto?
—Visto lo visto, ¡efectivamente no lo eres! —respondió Marcelo.
Alonso se quedó mudo.
—Desde que supe que te acercaste a ella de esa manera, ¿crees que todavía mereces algo?
Alonso guardó silencio.
¿Merecer?
No… En ese momento, la palabra «indigno» resonaba con una claridad brutal en su mente.
Como esposo de Estrella, no lo merecía.
Como hermano de Marcelo, ¡mucho menos!
Sabía del vínculo que existía entre Marcelo y Estrella, ¡y él lo había usurpado!
¿Cómo podría merecer algo?
Alonso asintió.
—Tienes razón, no merezco nada. No soy nadie, ¿qué podría reclamar?
En cuanto terminó de hablar, la ventanilla del coche de Marcelo subió, cortando el contacto visual y retirando esa mirada gélida.
Al ver esa última mirada, Alonso supo que la amistad entre él y Marcelo se había roto para siempre.
¡Perfecto!
Estrella lo odiaba a muerte por lo del bebé.
Y ahora Marcelo también lo odiaba a muerte por todo el daño que Estrella sufrió a su lado.
—¿Entonces qué hacemos ahora? —preguntó Diego—. Si seguimos así, Grupo Echeverría podría…
¿Podría qué?
Diego no terminó la frase.
Isidora Becerra, Mariela Echeverría y las demás no tenían idea de qué tan crítica era la situación del Grupo. ¡Ellas seguían poniendo todas sus esperanzas en Alonso!
Al escuchar la pregunta, la expresión de Alonso se volvió aún más irritada.
—Primero investiga esos asuntos.
—Sí, señor.
Investigar, claro que había que investigar.
Habían pasado tantas cosas seguidas, una tras otra… y todo por no haber confiado en Estrella.
Eso fue lo que causó este desastre actual.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!