Estrella simplemente la miró con indiferencia, sin decir una palabra.
Mónica respiró hondo.
Sandra también escuchó el alboroto y salió de los corrales: —¡Señorita Robles!
En ese momento a Sandra se le heló la sangre. Tenía pánico de que la metieran en el mismo lío por ayudar a Mónica con el trabajo.
Los ojos de Estrella seguían sonriendo, pero su tono, aunque suave, era inquisitivo: —¿Qué está pasando aquí?
—Yo... yo no la estoy ayudando, ya me voy a hacer lo mío.
Dicho esto, Sandra salió corriendo como si la fueran persiguiendo las llamas.
En realidad no había hecho casi nada; el corral era enorme y apenas si había avanzado un pedacito.
Estrella arqueó una ceja y miró a Mónica.
Mónica apretó los dientes: —Lo haré yo, ¿contenta? —soltó, entre el coraje y las ganas de hacerse la víctima.
—Estos animales apestan. Cuando termines de limpiar, acuérdate de bañarlos a todos —ordenó Estrella.
¿No le gustaba tanto criar mascotas? ¡Pues que las atienda personalmente hasta que reviente de cansancio!
Al escuchar que también tenía que bañar a todos los animales, el rostro de Mónica se puso pálido del coraje.
—¿Todavía no vas?
Mónica se quedó callada.
Viendo que Estrella no tenía ninguna intención de irse, se preguntó: «¿Qué pretende? ¿Acaso quiere verme hacer este trabajo sucio con sus propios ojos?». Seguro se estaba quedando para burlarse de ella.
En ese momento, Mónica estaba que echaba chispas.
—¿No vas? Entonces...
—¡Voy, ya voy!
Estrella no terminó la frase, pero Mónica sabía que seguramente era otra amenaza. Ya no aguantaba más. Habiendo sido acorralada por Estrella hasta este punto, sentía que estaba al límite. Si la amenazaba una vez más, temía no poder soportarlo.
Finalmente, Mónica se resignó a trabajar. Los corrales de las mascotas eran, sin duda, el lugar más asqueroso de toda la casa de los Echeverría.
¡Mónica limpiaba aguantándose las ganas de vomitar!
Mientras tanto, Estrella observaba desde no muy lejos.
Las cosas se habían volteado por completo… Antes, Mónica usaba a los perros para burlarse de Estrella; ahora era Estrella la que usaba a esos mismos animales para castigarla.
Al ver que el empleado no se dejaba comprar para nada, el coraje por dentro le empezó a hervir todavía más. Esa maldita Estrella, ¿qué clase de gente traía que ni siquiera les interesaba el dinero?
—Te lo ruego...
—¡Lárgate!
Antes de que pudiera terminar de suplicar, el hombre perdió la paciencia por completo. Nadie soportaba el olor cerca de esos corrales sin limpiar.
—¡Ponte a limpiar rápido y deja de perder el tiempo! —dijo el empleado de mala gana.
Mónica quería intentar negociar un poco más, pero al ver la actitud inflexible del hombre, finalmente tuvo que rendirse.
Furiosa, se dio la vuelta y volvió al corral. El olor del cagadero de todos los animales juntos le provocaba arcadas una tras otra.
—¡Puaj...!
De verdad no aguantaba el pesteadero. Qué locura, ¿para qué demonios le había pedido a Julián que le trajera tantos animales? Ahora, aunque quisiera echarlos a la calle, no tenía autoridad para hacerlo.
Estrella se había ido, pero su gente seguía allí. Así que, por más que quisiera mentarle la madre a gritos, tuvo que tragarse las palabras y maldecirla solo por dentro.
Isidora y Mariela, al saber que habían mandado a Mónica a limpiar los corrales, mostraron una expresión de satisfacción.

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