Al escuchar a Isidora decir eso, Mónica sintió una punzada de rabia en el pecho que casi la hace temblar.
Isidora azotó la palangana contra el suelo con un estruendo.
—¡Ponte a trabajar de una vez! Si sigues haciéndote pato, no tendré piedad contigo.
Ya estaba bastante amargada por la opresión de Estrella, y ver a Mónica en ese estado solo empeoraba su humor.
Cuando Violeta Pizarro llegó a buscar a Estrella, presenció el conflicto entre Isidora y Mónica en la entrada.
Afuera, el frío calaba hasta los huesos.
Adentro, el ambiente era cálido y acogedor.
La empleada colocó una taza de café caliente frente a Violeta, quien tomó un pastelillo.
—Antes la cuidaban como si fuera de porcelana para que no se rompiera, y con ese cubetazo de agua fría que le acaban de echar, se le debió helar hasta el alma —comentó Violeta mientras comía.
Al decir esto, Violeta chasqueó la lengua, negando con la cabeza.
Estrella sonrió levemente.
—Sí, antes la consentían mucho, ¡pero las cosas han cambiado!
—Vaya que han cambiado, al punto de que ya sospechan que el hijo de Mónica no es un Echeverría.
Violeta había escuchado todo lo que Mónica e Isidora se dijeron hace un momento.
La relación entre suegra y nuera, que solía ser considerada la más armoniosa de Nueva Cartavia, ahora era el escándalo más desagradable.
Violeta miró a Estrella.
—Marcelo Castañeda compró recientemente un diamante azul, más grande que el de la subasta anterior.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Estrella.
—Pues, se lo escuché a Renato Ibáñez.
¿Renato?
Estrella arqueó una ceja.
—Tú no tienes mucha relación con Renato, ¿verdad?
Al mencionar esto, la expresión de Violeta se volvió un poco antinatural. Estrella lo entendió de inmediato.
Una sonrisa profunda se dibujó en sus labios.
—¿Y bien? ¿Ya se te pasó un poco el coraje? —preguntó Violeta cambiando el tema.
—¿Mande?
¿El coraje? ¿Si ya se le había pasado?
Violeta miró hacia el ventanal.
—Ahora que has puesto a los Echeverría en esta situación, ¿te sientes un poco mejor?

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