Pensando en el diseño del Cañón de Laverna por el que se había desvelado meses, la mirada de Estrella hacia Alonso se llenó de una burla aún más densa.
El aire se quedó quieto.
Pasó casi medio minuto antes de que Alonso hablara de nuevo, con voz ahogada:
—¿Qué quieres decir?
—¿De qué la vas a demandar?
Al escuchar las palabras «citación del tribunal», su corazón dio un vuelco violento.
La mirada con la que veía a Estrella ya no tenía ninguna calidez.
—¿Tú qué crees? —Estrella lo miró con sarcasmo—. Alonso, la noticia de que mi diseño para el proyecto turístico del Cañón de Laverna fue rechazado me la diste tú, ¿recuerdas?
—¿Fue mi diseño el rechazado, o fui yo a la que rechazaste?
El silencio fue total.
Solo quedaba el sonido de la lluvia y el viento afuera, que no lograban disipar el bochorno en el aire.
Estrella miró la mano de Alonso que seguía aferrada a la puerta:
—¿Puedes soltarme ya?
El rostro de Alonso estaba rígido.
Cuando volvió a hablar, su voz sonó asfixiada:
—Esto no es lo que piensas.
Estrella:
—No digas nada, guárdatelo para cuando estemos en el juicio y se lo explicas al juez.
Alonso:
—¡Estrella!
—Suéltame.
—¿Es necesario que la familia termine peleada así?
Estrella:
—...
¿Qué es una decepción atroz?
«Familia»... ¡Ja!
No intentó darle una explicación razonable, ¡quizás porque no podía darla!
Pero usar la palabra «familia» en este momento era simplemente asqueroso.
Estrella aplicó más fuerza, y Alonso apretó más la puerta.
—No puedes demandarla, acaba de dar a luz.
Estrella:
A media noche, la sacudieron para despertarla.
—Estrella, Estrella.
Estrella sentía que su cuerpo pasaba de estar en un congelador a estar en un volcán.
Abrió los ojos borrosamente. Era Violeta.
—Violeta.
—Tienes fiebre, te voy a llevar al hospital.
El tono de Violeta era de urgencia.
Como no se quedó tranquila a media noche, trajo a la empleada de su casa para cuidar a Estrella.
Menos mal que vino.
Si la dejaba con fiebre hasta la mañana, se le iba a freír el cerebro.
El celular de Violeta vibraba sin parar. Era Alonso.
Estaba harta.
Metió a Estrella al coche y contestó:
—¿Qué quieres?
—Dile a Estrella que, sin importar cuánto coraje le tenga a Mónica, espere a que Mónica termine la cuarentena.

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