Alonso se quedó de pie con la mirada fría, inmóvil, sin decir una palabra.
Mónica le agarró el borde de la chaqueta con ambas manos: —Todo es mi culpa, es mi culpa, no debí depender de ti.
—Tu cara siempre me provoca alucinaciones, pensé que eras Julián, pensé que mi Julián seguía aquí, todo es culpa mía.
Alonso entrecerró los ojos: —¿Y ahora ya ves claro?
El tono gélido estaba lleno de indiferencia.
El llanto de Mónica se detuvo por un instante.
—Lo… lo tengo claro, quiero tenerlo claro, pero a veces no puedo controlarlo. Alonso, no nos busques más ni a mí ni a los niños, eso hará que Estrella se moleste.
—Si se molesta, no solo me difamará, sino que lastimará a mi familia. Ya no nos busques…
Mónica lloraba cada vez más fuerte.
Entre líneas, todo lo que decía insinuaba que Estrella era mezquina porque Alonso cuidaba de ella y de su hijo.
Isidora regresó después de recoger unas cosas y, al salir del elevador, vio a Mónica llorando como una Magdalena.
¡Y a Alonso de pie, mirándola fríamente!
Isidora: —Moni, tú…
Al ver llegar a Isidora, Mónica lloró con más fuerza: —Me equivoqué, dile a Estrella que me equivoqué, admito mi error.
—Dile que se desquite solo conmigo, pero que no se meta con mi mamá.
Isidora sintió que le hervía la sangre al ver esto: —Moni, ¿qué estás haciendo?
Le dolía el corazón de verla así.
Y al escuchar a Mónica mencionar a Estrella una y otra vez, ¡Isidora se puso furiosa!
Esa maldita Estrella, ella…
¡Se volvió loca!
Al enterarse de que golpearon a Yolanda en la Mansión Arsenio, Isidora sintió conmoción, ¡y también ira!
¡Esa Estrella ahora sí que no respetaba nada!
Mónica agarró la ropa de Alonso: —Tú tampoco nos busques más, si con eso mi familia puede estar a salvo y todos pueden estar tranquilos…
Alonso: —Está bien.
Dos palabras frías como el hielo, sin rastro de calidez.


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