Tenía un frío que me calaba hasta los huesos.
Me separé de él al instante.
—¿De dónde saliste?
Mateo me miró con una sonrisa.
—¿Cómo que de dónde salí?
—No te encontré en casa, te busqué por todas partes. Aquí estuve vigilando un buen rato y no te vi, y ahora, de la nada, apareces —le dije.
—Estuve aquí todo el tiempo —contestó.
Me tomó la mano y la metió dentro de su chaqueta, contra su pecho. A pesar del clima helado, él estaba calentito. Sentí los latidos de su corazón, fuertes y constantes.
—Mira cómo tienes la cara roja del frío —dijo.
Después me levantó en brazos y de un brinco pasó conmigo por encima de los arbustos. Nos subimos al auto y el calor me envolvió por completo. Ahí recién me sentí algo mejor, aunque los pies seguían como bloques de hielo.
De repente, Mateo me agarró la pierna. Me asusté.
—¿Qué haces?
No me respondió. Me quitó los zapatos y las medias, y metió mis pies helados dentro de su chaqueta, contra su pecho.
Abrí los ojos y, por instinto, traté de sacar los pies.
—No... no es necesario...
—¡Quédate quieta! —me ordenó con esa autoridad que lo caracteriza.
Me dio vergüenza.
—El auto tiene calefacción, en un ratito se van a calentar.
—Tú tienes pésima circulación, siempre andas con las manos y los pies como témpanos. No basta con el aire caliente un rato. A veces ni cuando llegamos a casa se te quita —dijo serio.
Era cierto. Me da frío con una facilidad increíble. Cuando duermo con él, su calor me mantiene tibia. Cuando se levanta, la cama se enfría de inmediato y a veces me despierto temblando.
Iba a preguntarle qué estaba pasando, pero él se me adelantó.
—¿No estabas dormida en casa? ¿Qué haces aquí?

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