Lo sabía.
Después de lo de ayer, con Waylon encima de nosotros, era imposible que Mateo se quedara de brazos cruzados.
Pero los que respaldaban a Waylon y a Henry tenían poder e influencia en todo Ruitalia.
Si pensaba plantárseles de frente, ¿qué chance tenía de ganar?
Ellos contaban con guardaespaldas entrenados, contactos y hasta una maldita bestia imparable.
Me dolía el pecho de ansiedad.
No pude dormir.
Solo me quedé mirando por la ventana por mucho tiempo, con la mente en blanco.
De repente, la perilla de la puerta giró.
Me asusté y me levanté de inmediato.
Se abrió la puerta y ahí estaba Mateo, con un abrigo negro y una bolsa con comida en la mano.
Sin pensar, corrí hacia él y lo abracé.
Era pleno invierno y a esa hora, el frío calaba hasta los huesos.
Su abrigo todavía guardaba el aire frío de la calle.
Con una mano sostenía la bolsa y con la otra me acarició la espalda.
—¿Así que te quedaste despierta, esperándome? —murmuró en voz baja.
Me aparté un poco y lo miré a los ojos.
—¿Dónde estuviste? Cada vez que despierto en mitad de la noche, tú ya no estás. ¿Eres un búho o qué? Siempre desapareces a estas horas.
Mateo se rio.
—¿Un búho?
—¡Pues claro que sí! —lo miré de reojo y lo llevé hasta la ventana.
—Y no cambies de tema, dime a dónde fuiste.
—Fui a encargarme de unos grupitos que Waylon tiene aquí —respondió con calma.
Mientras hablaba, abrió el envase.
Era una hamburguesa bien caliente, con papas fritas.
—Come primero —dijo.
—Voy a la ducha un momento.
Quise insistir, seguir preguntando, pero él ya se había metido al baño.
Mi instinto me decía que no me estaba contando la verdad.
No había salido solo a "encargarse de unos grupitos".
Planeaba algo más grande y mucho más peligroso.

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