En la bandeja del camarero que estaba al lado había un sacacorchos. Lo tomé y, con movimientos ya muy familiares, abrí la botella.
Un segundo después, la señorita Renata se rio, burlona.
—Antes eras muchacha de bar, ¿verdad? Mira qué habilidad… qué práctica tienes abriendo botellas.
Quise blanquear los ojos.
La señorita Renata lo hacía a propósito, ¿no? Tenía que lanzarme un par de comentarios sarcásticos, sin miedo a quedar mal delante de sus futuros suegros.
Con calma, le seguí sirviendo el vino al señor Pedro y, a propósito, dejé visible el grabado "Alma" en el fondo de la botella; luego le sonreí a la señorita Renata.
—Señorita Renata, tiene muy buen ojo; lo notó de inmediato.
—Claro. Yo voy a esos lugares todo el tiempo; la gente como tú…
A mitad de la frase, pareció darse cuenta de que había dicho algo indebido. Se detuvo de golpe y me miró, furiosa; luego le lanzó una mirada discreta a Thiago y a la señora García. La pareja de la familia Torres no mostró ninguna reacción en particular, lo cual era lógico: con esa situación frente a ellos, estaba claro que todavía no se atrevían a ofender al señor Felipe.
Cuando terminé de servir, le entregué la copa al señor Pedro, aunque el corazón me latía fuerte, a punto de salírseme del pecho.
"Qué desesperante… ¿qué planeaba el señor Pedro? ¿Por qué no hizo que Mateo me avisara antes? Si lo hubiera sabido, no habría estado tan nerviosa."
Sin dudar, el señor Pedro agarró la copa con confianza. Justo cuando estaba a punto de beberla delante de todos, fue Ricardo el que volvió a tomar la palabra.
—Este vino quizá no llame mucho la atención, pero su aroma es bastante bueno. Ya que está abierto, señor Pedro, ¿no le importaría que todos lo probáramos?

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