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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 2066

Aunque a veces teníamos momentos íntimos a escondidas en el baño del castillo de Darío, la sensación era por completo diferente. Allí, incluso en la intimidad, siempre había una parte de actuación, porque temíamos que el señor Felipe, ese viejo astuto, pudiera percibir algo extraño. Además, como sabía que podía haber micrófonos, cada vez que estaba con Mateo me sentía incómoda y tensa… y era fácil distraerme. Pero aquí era diferente; en ese lugar que parecía solo de nosotros dos, lo único que quería era perderme con él por completo.

—Vamos, duerme —me dijo Mateo, sonriente, mientras me pellizcaba suavemente la mejilla.

Se inclinó para acostarse, pero de repente, un impulso me atravesó el pecho y lo abracé por la cintura. Se quedó sorprendido y me miró, sonriente.

—¿Qué pasa? —preguntó.

No dije nada; sentía el calor subir a las mejillas.

Qué hombre… cuando debía ser un poco salvaje, resultaba que se comportaba con tanta corrección. ¿Y cómo se suponía que le iba a decir, así tan serio, que en realidad lo deseaba?

Respiré despacio, y él debió pensar que yo todavía estaba preocupada por lo del día siguiente; me dio unas palmaditas en la espalda.

—Tranquila, Aurora. Mañana voy a ser cuidadoso y no me va a pasar nada. Aún tengo que sacarte de este lugar horrible.

Me pasé la lengua por los labios. Tal vez lo mejor era dormir… ese no era el momento para dejar volar la imaginación; sin embargo, por más que intentaba convencerme, ese fuego dentro de mí no desaparecía.

—Vamos, Aurora, duerme…

Antes de que terminara la frase, reuní valor de golpe; apoyé las manos en sus hombros y, con un pequeño empujón, lo hice caer hacia atrás sobre la cama. Él me miró sorprendido, y bajó la voz, más grave:

—Aurora…

Le di un beso tierno en los labios y enterré la cara en su cuello. El aroma fresco que lo rodeaba, esa fragancia impecable, como de hierba y madera, era el verdadero olor de Mateo, el que aparecía cuando dejaba atrás la máscara de Darío. Deslicé la mano bajo el borde de su ropa; mis dedos recorrieron su cintura firme, mientras sentía la tensión acumulada en su cuerpo… y el corazón me empezó a latir con fuerza.

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