Sin darme cuenta, la aguja del reloj ya marcaba las nueve.
Levanté apenas una esquina de la cortina y miré hacia afuera.
La noche, al otro lado de la ventana, era tan espesa como la tinta, parecía imposible de disipar. Hasta las farolas del jardín, a lo lejos, estaban cubiertas por una capa de neblina que las volvía borrosas.
El viento arrastraba hojas secas con un susurro áspero y las sombras de los árboles se balanceaban torcidas bajo la luz de la luna, como un grupo de fantasmas con las garras abiertas. Solo de verlas se me erizaba la piel.
Mateo había salido hacía ya varias horas. Llevaba demasiado tiempo afuera, y yo no sabía si se habría encontrado con algún peligro.
Aquel lugar ya de por sí rebosaba rareza por todas partes; nadie sabía cuántas trampas “devoradoras” se escondían en las sombras. Que muriera una persona allí casi parecía algo de todos los días.
Caminaba de un lado a otro por la sala, inquieta y nerviosa. Tenía las manos llenas de sudor y las yemas de los dedos frías, temblorosas.
Cada pocos minutos me acercaba otra vez a la ventana para mirar, pero aparte de las sombras movedizas de los árboles y de la oscuridad, no lograba ver ni una sola silueta humana.
Parecía ser que Waylon también había notado que los fideos que cocinó estaban espantosos, pero como no podía tragarse el orgullo y tirarlos, no le quedó de otra que seguir comiendo en silencio, con las cejas arrugadas y una cara de sufrimiento.
El tenedor golpeaba el tazón una y otra vez, y cada bocado que tragaba parecía una misión durísima. La nuez le subía y bajaba con esfuerzo y, de vez en cuando, tenía que agarrar el vaso de agua fría de la mesa y beber un gran trago, intentando apagar aquel sabor raro, dulce y hasta algo amargo.
Tardó más de media hora en terminar de comer.
Cuando por fin acabó, se recostó contra el respaldo de la silla y soltó un suspiro, como si acabara de librarse de una gran carga. Su cara mostraba alivio.
Al verme caminar en círculos junto a la ventana, resopló con fastidio.
—¿Qué tanto haces? Me vas a dejar ciego de tanto verte moverte. Si vuelve, va a tocar la puerta. ¿De qué sirve que sigas ahí caminando?
Le lancé una mirada de reojo; no tenía ganas de discutir con él.
Que Mateo se hubiera ido a lo de señor Felipe ya era en sí una apuesta peligrosa. ¿Quién podía saber si no iba a pasarle algo?
La próxima vez, dijera él lo que dijera, no iba a dejar que saliera solo. Tenía que ir con él.
Esa sensación de quedarme sola en la casa, esperando con el corazón en vilo, era jodidamente dolorosa.
El reloj de la pared seguía marcando el tiempo con su tic-tac. Cada sonido parecía golpearme justo en el corazón.

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