Capítulo 210
Estaba a contraluz, parecía una sombra negra.
Me alejé un poco, incómoda.
—¿No te habías ido?
Mateo bajó la vista hacia mis manos.
Antes, eran delgadas, suaves, perfectas para el piano. Ahora estaban cubiertas de tierra, con heridas, ampollas y uñas quebradas.
Se quedó mirándome en silencio, sin decir una sola palabra. Su expresión no decía nada, pero con lo que me había hecho pasar, seguramente pensaba: "Mírate ahora, así terminaste." Me acomodé contra el ladrillo, agotada, y le sonreí sarcásticamente:
—¿Te da gusto verme así, Mateo?
Él se rio un poco, medio burlándose y medio despreciándome.
—¿Crees que me da gusto verte con las manos rotas por trabajar un ratico? ¿Eso crees?
—Pues... si no te da gusto, ¿por qué me
mandaste a hacerlo?
A veces me desesperaba no entenderlo. Lo que decía, lo que hacía... todo en él era una contradicción.
De pronto, se agachó frente a mí.
Tenía esa sonrisa extraña en la cara, como si estuviera jugando un juego en el que nadie más puede ganar.
Me eché un poco más hacia atrás, con todo el cuerpo recargado en el ladrillo.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
Se acercó un poco más, y habló en voz baja:
—Para alguien como tú, que miente como si nada, no hay castigo que me deje tranquilo.
—Ah...
¿Eso quiere decir que me odia tanto que ya ni sabe cómo descargarse conmigo? Qué felicidad, pues.
—Aunque... —de pronto, su tono cambió. Su sonrisa se volvió más espeluznante, como si tuviera algo muy claro en la cabeza— hayotro tipo de castigo que me dejaría más satisfecho
que esto.
—¿Q—qué?
Lo vi mirarme con una mezcla de deseo y rencor.
Mi estómago se revolvió.
Ya sabía a qué se refería.
—¡No! Prefiero seguir cargando ladrillos, no voy a pasar por eso otra vez.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)