Capítulo 211
—¡Eh!
Caleb me dio una patadita en el pie y dijo:
—Hace un rato, Mateo dijo que si aceptas que esto ya te quedó grande y tiras la toalla, te perdona y te saca el castigo.
Levanté la vista y miré directo a Mateo.
Estaba sentado en una silla, con ese aire sobrado de siempre, un cigarro colgándole entre los dedos y esa asquerosa sonrisa.
—¡Te están hablando! —repitió Caleb, dándome otra patadita.
Lo miré sin apuro y le respondí:
—Anda y dile que puedo con esto.
Caleb quedó confundido.
—Ah, qué terca, ¿eh? Rechazas el gesto del jefe solo para hacerte la dura. Pero te lo digo en serio: él está queriendo aflojar un poco.
Aprovecha antes de que se canse. Te quedan montones de ladrillos, y si te desmayas otra vez, no te pienso cargar, ¿eh?
—Gracias por tu preocupación.
—¿¡Qué!? ¡Nadie se está preocupando por ti!
¡Qué descaro! —dijo, molesto—. Una mujer como tú... te lo tienes bien ganado.
Dicho eso, se dio media vuelta y se fue directo a hablar con Mateo.
Lo vi de lejos, mientras Mateo se levantaba sin decir nada y se alejaba, tranquilo, como si no hubiera nada más que le importara.
Sonreí.
¿Pensaba que iba a rendirme para después reírse en mi cara?
Ni en sus sueños.
Saqué el celular y le transferí a Caleb el dinero del pan y la leche. Al recibir el mensaje, me miró, entre sorprendido y molesto. Cuando notó que lo observaba, giró la cara.
Me levanté, respiré hondo, y volví al trabajo.
Después del pan y la leche, mi cuerpo se sentía un poco más firme, con fuerzas renovadas.
A las cinco y media terminó la jornada. Caleb salió disparado al comedor como si no hubiera
un mañana. Yo, en cambio, esperé más de media hora. No quería cruzarme con los del archivo ni ser la boba que todos critican otra vez.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo)