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Nunca conoces a quien tienes al lado (Aurora y Mateo) romance Capítulo 226

Capítulo 226

Vi que el total de los medicamentos en la receta era de más de ochenta dólares.

En ese momento, el farmacéutico ya había preparado todo y me estaba entregando la bolsa con las pastillas.

—Lo... lo siento —le dije, apenada.

—Olvidé traer el celular.

El farmacéutico me miró, molesto:

—Aquí vienen muchas personas todos los días.

Si te parecen caros, puedes ir a otro lado, pero no vengas a hacerme perder el tiempo, ¿sí?

Mientras hablaba, sacó los medicamentos de la bolsa con evidente fastidio.

—Perdón, en serio, lo siento mucho... —me disculpé una y otra vez.

—¿Cuánto cuesta? Yo la pago —dijo, de la nada, una voz conocida detrás de mí.

Intrigada, me giré y vi que Camila estaba de pie detrás de mí, no sabía desde cuándo.

Y junto a ella, estaba Mateo mirándome, indiferente.

Por instinto, apreté con fuerza la receta en mis manoS.

—No hace falta —respondí como si nada.

—No te preocupes, es para algo importante — dijo Camila, tirando del brazo de Mateo con una expresión de compasión.

—Nunca imaginé que la señorita Aurora estuviera tan arruinada como para no poder comprar ni unas pastillas. Mateo, anda, págasela tú.

—Dije que no hace falta —le repetí, molesta. La paciencia se me empezaba a agotar.

¿No se supone que hacía apenas un rato Camila estaba retorciéndose de dolor, como si fuera a morirse? ¿Y ahora aparecía por aquí como si nada?

¡Qué oportuno todo con ella!

Mi respuesta no fue muy fuerte, pero bastó para que el cuerpo frágil de Camila temblara un poсо.

Luego, me miró con los ojos llorosos, y empezó

su show:

—¿Mateo, me metí donde no debía otra vez?

Solo quise ayudar, pero parece que ella me odia profundamente.

—Hay personas que solo cosechan lo que siembran. No merecen compasión —dijo Mateo, irritado.

—Si no quiere tu ayuda, no la fuerces. Son solo unas pastillas, no se va a morir si no se las toma.

Apreté la receta con fuerza. Sentí una mezcla de dolor y tristeza.

—¿Cuánto es?

—Ochenta y cinco dólares con setenta — respondió el farmacéutico, mientras volvía a meter las cajas en la bolsa.

Temiendo que Mateo viera que eran medicamentos para el embarazo, me apresuré a tomar la bolsa en cuanto el farmacéutico me la dio.

Él me lanzó una mirada de sospecha, pero no dijo nada.

—Mil gracias —le dije a Mateo, respetuosamente.

—Te lo transfiero luego.

Sin esperar respuesta, salí caminando rápido hacia la salida del hospital.

Camila me llamó desde atrás, pero no respondí.

Intentó alcanzarme y agarrarme, pero me escabullí de inmediato.

Ya no confiaba en ella.

Antes pensaba que Camila no era mala persona, pero desde aquel día en el restaurante, cuando me hizo perder la mitad de mi sueldo a propósito, supe que no era tan inocente como parecía.

Aceleré el paso. Detrás de mí, de pronto escuché su voz:

—Disculpe, ¿podría decirme qué medicina es la que se llevó mi amiga?

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