Capítulo 36
Aquí ya no había salida. Si ese hombre perturbado se me acercaba, yo no tendría a dónde escapar.
Me pegué fuertemente contra la pared, como intentando volverme invisible, mientras rezaba porque ese hombre no me encontrara.
El silencio en el ambiente era absoluto, mi cuerpo estaba completamente tenso, y el miedo se apoderaba de mí.
Bajo la fría luz de la luna, aquella sombra se movía como un fantasma, acercándose lentamente.
¡Entró!
Casi grito de pánico, pero me contuve. Me cubrí la boca con fuerza mientras mi cuerpo temblaba, a punto de perder el control.
A pesar de eso, me encontró, y comenzó a caminar directamente hacia mí.
El sonido de sus pasos era como el susurro de un demonio.
A medida que se acercaba más, no pude
soportarlo y grité a todo pulmón antes de correr desesperadamente hacia la salida del callejón.
Cuando le pasé por el lado, extendió su brazo largo y me agarró de inmediato.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo mientras luchaba con todas mis fuerzas, gritando:
-¡Déjame ir! ¡Suéltame por favor...!
Pero, en un segundo, me empujó con fuerza contra la pared.
Su fuerza era imparable. Mi espalda chocó contra la pared, y sentí un dolor terrible en todo el cuerpo. Pero, no podía concentrarme en el dolor.
Seguí gritando y forcejeaba como loca. De repente, sobre mi cabeza, escuché una risa amenazante:
-¿Tan asustada y aún andas sola por ahí como si nada?
Una voz familiar entro en mis oídos.
Mi mente quedó en blanco, incapaz de reaccionar.
El hombre se inclinó y me besó con rabia, como si me estuviera castigando por algo. Su mano grande comenzó a deslizarse por mi cuerpo, jugando con el borde de mi vestido mientras hablaba con los dientes apretados:
-Salir de noche vestida así, ¿es para que todos te volteen a ver?
¡Coño era él!
¡Mateo!
Sólo él podía hablar con ese tono, lleno de sarcasmo y seriedad al mismo tiempo.
-¡Aléjate de mí!
Él se rio, se burló de mí:
-¿Por qué no me dijiste que me fuera cuando estabas muerta del susto en el callejón?
No respondí.
Él entrecerró los ojos, con una mirada llena de deseo, mientras me recorría de arriba abajo con los ojos.
Esa mirada me hizo sentir incómoda. Por instinto, tiré de mi minifalda hacia abajo, intentando cubrirme.
De repente, una risa llena de desprecio salió de su boca y dijo:
-Vestida así de sexy mamacita, ¿no es para llamar mi atención, lindura? ¿Qué sentido tiene fingir que eres inocente ahora cuando tan rico te vistes?
Me sentí humillada, incluso más que antes.
Él, que alguna vez fue tan cariñoso y atento, ahora era capaz de herirme así.
Volteé la cabeza, evitando mirarlo, mientras mordía mi labio en un intento de contener las lágrimas.
Pero él no me dejó escapar. Sujetó mi barbilla con fuerza, obligándome a mirarlo directamente.

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