Capítulo 369
Una sensación de ironía me invadió de golpe.
Qué raro: Mateo no estaba en la habitación de su novía. Era un milagro.
Cerré los ojos, molesta, tratando de reunir fuerzas para caminar hacia el dormitorio.
Solo quería meterme en la ducha, darme un buen baño caliente y dormir.
Todo lo de esta noche no era más que una pesadilla.
Dormiría, y todo pasaría.
Sí, solo tenía que dormir. Todo se iría.
Aunque mi cuerpo temblaba de frío, por dentro ardía como si me quemara viva.
Me sentía fatal, no solo físicamente.
Mis párpados pesaban toneladas.
Mordiéndome los labios, avancé paso a paso con dificultad.
—¡Detente! —la voz molesta de Mateo sonó detrás de mí cuando llegué a la puerta del dormitorio.
Me quedé quieta, sin darme la vuelta.
Sentí que se acercaba. Su voz, aunque contenida, llevaba enfado.
—¿Dónde demonios te metiste hasta ahora? ¿Y las medicinas que te pedí?
Sonreí con amargura. El sabor del desprecio me llenó la boca.
Por supuesto, eso pensaba de mí. Que había salido a "divertirme".
Jamás se le cruzó por la cabeza que algo pudiera haberme pasado. Ni por un segundo se preocupó por mí.
Si esta noche hubiera muerto en manos de Waylon, seguramente ni se habría enterado. Porque no le importo.
Sentía los ojos secos. Me ardía.
Ni siquiera tenía fuerzas para llorar.
Abrí mis labios partidos, quería decirle que perdí las medicinas. Pero no me salía la voz.
No podía hablar. No tenía fuerza ni para eso.
Mi cabeza pesaba. Solo quería dormir.
Pero él seguía, insistente, reprochándome una y otra vez:
—¡Te estoy hablando! ¿Dónde demonios estabas?
¡Solo era ir por un medicamento! Si no querías hacerlo, podías haberlo dicho. ¿Qué era? ¿Una excusa para salir de fiesta? ¿No tienes nada que explicarme?
La voz de Mateo se volvía más furiosa. La rabia se le escapaba por cada palabra.
Su mirada se hizo más seria.
—¿Qué pasó? ¿Estuviste bebiendo?
No contesté. Pero al pensar en lo que me hizo Waylon, el dolor se acumuló en mi pecho.
Las lágrimas amenazaban con derramarse.
Giré la cara, me mordí los labios con fuerza, intentando no derrumbarme.
Mi silencio encendió aún más su rabia.
—¡Te estoy preguntando algo! —gritó.
Apretó mis hombros, me levantó a medias para que lo mirara.
Sus ojos intensos se clavaron en mí.
—Dime la verdad. ¿Dónde estuviste noche? ¿Con quién te viste? ¿Y esas manchas de alcohol? ¿Qué demonios pasó?1
Sentía que me desmayaba. Todo me daba vueltas.
Solo quería quitarlo de encima.
Me humedecí los labios secos, y murmuré con dificultad:
—Estoy cansada. Solo quiero dormir... Si tienes algo que preguntar, más tarde...

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